ENFOQUE SOBRE COMERCIO

No. 147, 30 de noviembre de 2009



Nos complace anunciar el retorno de Enfoque sobre Comercio. En las próximas semanas les brindaremos informes y análisis actualizados sobre las reuniones ministeriales de la OMC en Ginebra, las conversaciones sobre el clima en Copenhague y de lugares en medio de ambas y más allá. Para dar inicio a las cosas, este número se centra en el décimo aniversario de la “Batalla de Seattle” con una serie de reflexiones sobre dónde estamos parados, qué hemos logrado, y qué significados y lecciones dejó Seattle para el movimiento por justicia mundial y para Copenhague.



EN ESTA EDICIÓN


El significado de Seattle: La verdad sólo se vuelve verdadera a través de la acción

Walden Bello


De la negación del cambio climático a las alianzas de activistas, en memoria del 30 de noviembre de 2009 en Seattle

Patrick Bond


Aprendiendo a contar hasta 350: recordando el poder del pueblo en Seattle en 1999 y en Berlín en 1989

Rebecca Solnit


Diez años después de Seattle: una estrategia, mejor dos, para el movimiento contra la guerra y el capitalismo

Franco “Bifo” Berardi


¡Venid a Copenhague (porque no hay redención en un monasterio)!

Nicola Bullard



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Esta edición de Enfoque sobre Comercio está disponible para descargar en la página www.redes.org.uy en 4 formatos: OpenOffice.org (.sxw y .odt), PDF y HTML. Para suscribirse o dejar de estar suscrito, dirigirse a pablo.cardozo@redes.org.uy Consultar ediciones anteriores en www.redes.org.uy

También puedes descargar el original en inglés, Focus on Trade, directamente en:

http://www.focusweb.org/focus-on-trade-number-147-november-2009.html

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El significado de Seattle: La verdad sólo se vuelve verdadera a través de la acción

por Walden Bello*


Antes de 1999, el impulso de la globalización parecía arrasar con todo lo que se le ponía por delante, incluida la verdad. Pero en Seattle, hombres y mujeres comunes hicieron real la verdad a través de su acción colectiva.


Hoy hay reconocimiento general del hecho que la globalización ha fracasado a la hora de cumplir con su triple promesa de sacar a los países del estancamiento, eliminar la pobreza y reducir las desigualdades. La profunda recesión económica mundial que atravesamos, cuyas raíces se hunden en los procesos de globalización y liberalización económica dirigidos por las transnacionales y en la ideología neoliberal que los ha legitimado, ha puesto el último clavo al ataúd de la globalización.


Pero las cosas eran muy diferentes hace una década. Todavía recuerdo el triunfalismo que rodeaba a la cumbre ministerial de la Organización Mundial del Comercio de Singapur en noviembre de 1996. Allí, los representantes de Estados Unidos y otros países desarrollados nos decían que la globalización dirigida por las transnacionales era inexorable, que era la ola del futuro, y que la única tarea pendiente consistía en lograr una mayor “coherencia” en las políticas del Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la OMC para que se pudiera concretar de manera más eficiente y rápida la utopía neoliberal de una economía mundial integrada.


Realmente, el impulso de la globalización parecía barrer con todo lo que estaba frente a sí, incluida la verdad. En la década anterior a Seattle, había muchos estudios, incluidos informes de las ONU, que cuestionaban la afirmación de que la globalización y las políticas de libre mercado pudieran conducir al crecimiento sustentable y la prosperidad. En realidad, los datos mostraban que la globalización y las políticas pro-mercado promovían una mayor desigualdad y más pobreza, y consolidaban el estancamiento económico, en particular en el Sur global. Sin embargo, estas cifras se consideraban más como “números” que como datos de la realidad a la vista de académicos, periodistas o elaboradores de políticas que repetían obedientemente el mantra neoliberal de que la liberalización económica promovía el crecimiento y la prosperidad. La visión ortodoxa, repetida ad nauseam en el aula, los medios y los círculos de políticas, sobre los críticos de la globalización era que no éramos más que una encarnación moderna de los Luditas, el movimiento que durante la Revolución Industrial destruía las máquinas, o según el apelativo despectivo que nos adjudicara Thomas Friedman, unos creyentes en una tierra plana.


Y entonces llegó Seattle. Después de aquellos días tumultuosos, la prensa comenzó a hablar del “lado oscuro de la globalización”, de las inequidades y la pobreza creadas por la globalización. Después de eso, se produjeron deserciones espectaculares del campo de la globalización neoliberal, como la del financista George Soros, el premio Nobel Joseph Stiglitz, y el economista estrella Jeffrey Sachs. La retirada intelectual de las trincheras de la globalización probablemente tuvo su pico más alto hace dos años en un extenso informe presentado por un panel de economistas neoclásicos encabezados por el académico de Princeton Angus Deaton y el ex economista jefe del FMI Ken Rogoff, donde se afirmaba duramente que el Departamento de Investigación del Banco Mundial –fuente de la mayor parte de las aseveraciones de que la globalización y la liberalización del comercio estaban llevándonos a tasas de pobreza más bajas, y a un crecimiento económico sostenido con menos desigualdad – había estado distorsionado datos deliberadamente y/o haciendo aseveraciones infundadas.


Es verdad que el neoliberalismo sigue siendo el discurso predeterminado de muchos economistas y tecnócratas. Pero incluso antes del reciente colapso financiero mundial, ya había perdido buena parte de su credibilidad y legitimidad.


¿Qué hizo la diferencia? No fue tanto la investigación o el debate sino la acción. Hubo que tener acciones de masas contra la globalización con gente en las calles de Seattle, que interactuaron de manera sinérgica con la resistencia de los representantes de los países en desarrollo en el Centro de Convenciones del Sheraton, y una refriega policial, para lograr el fracaso espectacular de una cumbre ministerial de la OMC y trasformar los números en hechos, en verdad. Y la derrota intelectual asestada a la globalización por Seattle tuvo consecuencias muy reales. Hoy, The Economist, el principal defensor de la globalización neoliberal admite que la “integración de la economía mundial está retrocediendo en prácticamente todos los frentes” y que un proceso de “desglobalización” que hace un tiempo se consideraba impensable hoy está en curso.


Seattle fue lo que el filósofo Hegel llamaba un “evento histórico mundial”. Su lección perdurable es que la verdad no simplemente está allí para ser descubierta, con una existencia objetiva y eterna. La verdad se completa, se hace real, y se ratifica por medio de la acción. En Seattle, hombres y mujeres comunes hicieron real la verdad con su acción colectiva que hizo añicos un paradigma intelectual que había servido como vigilante ideológico del control empresarial corporativo.



* Walden Bello es miembro de la Cámara de Representantes de la República de Filipinas y analista de Focus on the Global South. Estuvo entre los manifestantes de las calles de Seattle durante la tercera reunión ministerial de la OMC y ha participado en eventos paralelos de la sociedad civil en todas las otras reuniones ministeriales. Es autor de 15 libros, entre ellos Deglobalisation: Ideas for a New World Economy. Este artículo fue publicado por primera vez en la revista YES!.


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De la negación del cambio climático a las alianzas de activistas

por Patrick Bond*


Los preparativos para la cumbre del clima en Copenhague marchan según lo esperado, incluido un raro avistamiento de la columna vertebral erguida de las elites africanas. Este es un gran acontecimiento (probablemente decisivo) sobre el que profundizaremos enseguida.


Mientras los activistas ayudan a subir la temperatura de las calles fuera del Bella Centre el 12, 13 y 16 de diciembre, adentro veremos a las elites del Norte armadas defensivamente con patéticos recortes de emisiones no vinculantes (Obama en un nivel de apenas 4% por debajo de los niveles de 1990), con el comercio de carbono, y sin dinero para el pago de su deuda ecológica con el Sur.


Lo primero y lo tercero son suficientemente lamentables pero lo segundo es lo que representa el peor desvío de la tarea crucial para reducir las emisiones. Una película de nueve minutos publicada en Internet el martes primero de diciembre -“The Story of Cap and Trade” (www.storyofstuff.org/capandtrade)- ofrece todas las municiones que se necesitan para entender y criticar el comercio de emisiones, y para buscar soluciones genuinas.


El 20 de noviembre apareció en escena una nueva distracción importante, cuando unos hackers publicaron correos electrónicos muy complicados provenientes de la Unidad de Investigación Climática de la Universidad de East Anglia (UEA). Lo que he logrado entender de http://www.guardian.co.uk/environment/georgemonbiot/2009/nov/25/monbiot-climate-leak-crisis-response y http://enviroknow.com/2009/11/25/climategate-the-swifthack-scandal-what-you-need-to-know en términos generales es que:


* los investigadores de la UEA eran académicos egocéntricos ultra-competitivos que por momentos fueron torpes –un riesgo ocupacional que puede aplicarse con certeza a la mayoría de nosotros, sólo que en casos como este donde hay mucho en juego su estupidez se amplifica de manera exponencial;


* pero unos pocos académicos tontos en su ética laboral no revierten la comprensión universal que tienen los científicos con respecto al cambio climático, y


* los que quieren que el mundo se distraiga y no llegue a la raíz de la crisis del clima, bien pueden resultar muy favorecidos con el escándalo de la UEA y aprovecharlo al máximo, lo que a su vez nos obliga al resto de nosotros a redoblar nuestros esfuerzos.


Phil Jones, el inexcusable investigador de la UEA, parece pensar que como los negadores del cambio climático han sido un dolor de cabeza (desde 2001), estaba bien ocultar datos científicos (pagados por los contribuyentes) y evitar destinar un tiempo valioso a analizar argumentos de unos locos: “inicialmente, al comienzo, sí intenté responderles con la esperanza de convencerlos, pero luego me di cuenta que era una esperanza absurda y rompí la comunicación!”.


Miren, donde yo vivo, en Durban, Sudáfrica, hemos tenido experiencias horribles con dos tipos de negaciones que amenazan la vida humana: el apartheid y el SIDA:


* hace muchas décadas, los que negaban el apartheid insistían en que los sudafricanos negros vivían mejor que los negros de cualquier otra parte de África, que las sanciones anti-apartheid solamente afectaban a los negros y no favorecían el cambio, y que si los negros asumían el gobierno iba a ser la ruina de Sudáfrica, y que a los blancos se les expropiarían todas sus riquezas; y


* entre aproximadamente 1999 y 2003, los negadores del SIDA insistían fuertemente en que el VIH y el SIDA no estaban vinculados, que las medicinas para el SIDA eran tóxicas y que no iban a solucionar nada, y que el cabildeo de los activistas a favor de los medicamentos simplemente era una estrategia de la CIA y las grandes empresas farmacéuticas (el “negador en jefe” Thabo Mbeki hoy es acusado por muchos por el genocidio de unas 350.000 personas, cuyas muertes no eran inevitables, y que podrían haberse salvado si no se hubieran retenido los medicamentos contra el SIDA durante su presidencia).


En ambos casos, como con el cambio climático, el papel de los “negadores”·fue reforzar las fuerzas del status quo del Estado y el capital. No fueron otra cosa que vendedores ambulantes de intereses creados. En ambos casos fueron derrotados, gracias a que se desarrolló un activismo social vigoroso que:

* luchando contra la negación del apartheid, durante la década de 1980, el Frente Democrático Africano, el Congreso Nacional Africano y otras fuerzas de liberación se dieron cuenta que el principal daño de los negadores era su oposición a la presión de las sanciones /desinversiones. Así que intensificamos nuestros esfuerzos y en agosto de 1985 logramos el avance decisivo necesario cuando los bancos de NY retuvieron las líneas de crédito de Pretoria, y de esta forma forzaron una división entre los gobernantes del Estado afrikaner y los capitalistas blancos angloparlantes. A los pocos días, estos últimos viajaban a Lusaka para entrevistarse con el liderazgo del CNA en el exilio, y luego en los siguientes ocho años ayudaron a liberar al Estado de las garras del nacionalismo afrikaner, y realmente hoy en Sudáfrica tendríamos que buscar mucho y sería difícil encontrar una persona blanca que admita que alguna vez defendió el apartheid;


* en lo que refiere al SIDA, la Campaña de Acción por el Tratamiento demostró que la mezcla del activismo local y el internacional fue suficientemente fuerte como para romper el monopolio de los derechos de propiedad intelectual de la gran industria farmacéutica y también para demoler la oposición de los gobiernos de Estados Unidos y Sudáfrica, una historia que merece su destaque más adelante en este artículo. En resumen, en 2003, la troupe de los negadores del SIDA que rodeaba a Mbeki perdió ante la presión de las masas en la calle, el ridículo y los argumentos jurídicos, y hoy casi 800.000 sudafricanos y millones más en otras partes del mundo tienen acceso a los medicamentos.


Espero que cuando analicemos retrospectivamente a los negadores del cambio climático los juzguemos como apenas una extravagancia momentánea en la racionalidad humana, que en última instancia no tuvo mayor influencia. El peligro real proviene de las empresas de combustibles fósiles que, al igual que las grandes tabacaleras hace décadas, saben muy bien cuál es el potencial letal de sus productos. Su objetivo es colocar un grano de duda en nuestras mentes, y los negadores del cambio clima resultan entonces muy útiles.


Las empresas de combustibles fósiles –especialmente BP, Shell, Chevron y ExxonMobil- no sólo financian centros de estudios estratégicos negadores del cambio climático y grupos de incidencia artificiales (como la Global Climate Coalition). Además apoyan a miembros del Congreso estadounidense, como Rick Boucher de Virginia, que enérgicamente sabotean una legislación destinada a fijarle topes a las emisiones (las compensaciones, el comercio de carbono y otras distracciones sin contenido que aprobó el Congreso implican que no habrá reducciones netas en Estados Unidos en última instancia hasta fines de la década de 2030). También trabajan con grupos “verdes” grandes y establecidos –me viene a la cabeza WWF- para frenar el progreso medio ambiental.


Estas empresas son bastante más insidiosas que los hackers de correos electrónicos. Espero que no nos distraigamos más con el affair UEA y que esto sea un pequeño episodio de puesta en limpio de cierta suciedad académica que pase rápidamente al olvido en la papelera de nuestro torpe movimiento, que es adonde pertenece. De esta forma seremos capaces de fortalecer al movimiento, hacerlo más transparente, más riguroso, más democrático y mucho más militante en su esfuerzo por derrotar a la industria de los combustibles fósiles.


Una manera de hacerlo es repasar lo que pasó en Seattle hace exactamente una década, cuando se produjo el colapso de la Organización Mundial del Comercio (OMC) el 30 de noviembre de 1999. Allí los activistas de la sociedad civil y los líderes africanos aprendieron dos lecciones muy potentes. Nuestro compañero Dennis Brutus, que cumplirá 85 años el sábado, nos recordaba justamente estas dos lecciones que se desprenden de una de las semanas más extraordinarias de su asombrosa vida.

En primer lugar, que trabajando juntos, los líderes africanos y los activistas tienen el poder de desestabilizar el sistema de gobierno mundial que satisface los intereses de corto plazo del Norte global contra los intereses tanto del Sur global como los intereses de largo plazo de los pueblos que habitan el mundo y el planeta. En segundo lugar, que en el mismo acto de desestabilizar el mal gobierno mundial se pueden obtener concesiones importantes.


La espectacular protesta contra la ceremonia de apertura de la cumbre de la OMC es lo que más se recuerda de Seattle: los activistas impidiendo la entrada al centro de conferencias, una andanada de gases lacrimógenos y gas de pimienta, un mar de ventanas rotas y el despliegue de la fuerza policial municipal, objeto luego de procesamientos judiciales por haber violado las más básicas libertades civiles de los ciudadanos estadounidenses. (Ver el nuevo y excelente libro de David y Rebecca Sonit: The Battle of the Story of the Battle of Seattle - www.akpress.org/2008/items/battleofseattleakpres --para una interpretación de la interpretación).


Eso pasaba afuera. Adentro del centro de convenciones, mientras se ponían en marcha con retraso las negociaciones, crecía la preocupación de los líderes africanos de que una mayor liberalización del comercio pudiera afectar sus muy débiles y pequeños sectores industriales.


El problema estaba claramente reconocido, ya que hasta la investigación del propio establishment indicaba que África sería el continente con las peores pérdidas netas en la aplicación del libre comercio dominado por las transnacionales. La representante comercial de Estados Unidos Charlene Barshevsky insultó reiteradamente a las elites africanas que plantearon este punto.


Con la excepción del ministro de comercio de Sudáfrica Alec Erwin, que tuvo el privilegio de ser protagonista de la Sala Verde para promocionar los intereses propios de Sudáfrica, las delegaciones de la Organización de la Unidad Africana (OAU, denominada desde entonces como Unión Africana) montaron en cólera rápidamente.


En palabras del ex sub-director general de la OAU V. J. McKeen “Los llevaron a cenar en un ómnibus, y luego los dejaron tirados allí para que volvieran caminando. Para contarles hasta qué punto esto fue así, les digo que cuando entramos a la sala para la reunión de nuestro Grupo Africano, no había servicio de intérpretes... así que hubo que improvisar. Pero entonces hasta lo micrófonos estaban apagados”.


Tetteh Hormeku de la Red de Comercio Africano de grupos de la sociedad civil, sigue contándonos la historia “Al segundo día de las negociaciones formales, los africanos y delegados de otros países en desarrollo estaban completamente marginados... [y amenazaron] con no dar su consenso necesario para lograr concluir la conferencia. A esa altura, incluso los estadounidenses y quienes los apoyaban en el secretariado de la OMC deben haberse dado cuenta de la inutilidad de estas “tácticas rudas””.

Al retirarse, la muestra de fuerte voluntad política de los africanos obtuvo concesiones importantes en la siguiente cumbre de la OMC, en Doha en noviembre de 2001. Al mismo tiempo, como el movimiento por justicia global comenzó a ampliarse hacia un movimiento anti imperialista en los inicios de la re-militarización de Estados Unidos pos-11 de septiembre, los activistas africanos ahondaron en desafíos locales extremos, como el combate al SIDA. En Doha, las elites africanas volvieron a unir fuerzas con los activistas.


En esa ocasión, el catalizador positivo fue una ley del gobierno sudafricano: la Ley de Medicamentos de 1997 que le permitió al Estado otorgar licencias obligatorias para la producción de medicamentos patentados. En 1998, se lanzó una campaña por los medicamentos para el SIDA, que una década atrás eran prohibitivamente caros –US$15.000 por persona por año- para casi todas las personas VIH positivas de Sudáfrica (alrededor del 10% de la población).


Esa campaña tuvo que enfrentar inmediatamente el ataque del Departamento de Estado estadounidense contra la Ley de Medicamentos sudafricana, que utilizó la táctica de ‘presión hombre a hombre en toda la cancha’, en palabras de los burócratas que testificaron ante el Congreso estadounidense. El objetivo de las elites estadounidenses era proteger los derechos de propiedad intelectual y detener el surgimiento de una oferta paralela de medicamentos para el SIDA baratos, que afectara los lucrativos mercados occidentales.


El entonces vice Presidente de Estados Unidos Al Gore intervino directamente ante los líderes del gobierno de Sudáfrica en 1998 y 1999, procurando que se derogara la Ley de Medicamentos. Posteriormente, a mediados de 1999, Gore inició su apuesta a la elección presidencial, una campaña generosamente financiada por las grandes empresas de la industria farmacéutica que ese año aportaron US$2,3 millones al Partido Demócrata.


En solidaridad con los sudafricanos, la US AIDS Coalition to Unleash Power comenzó a protestar en los actos de campaña de Gore, en New Hampshire, Pennsylvania y Tennessee. Las manifestaciones de protesta pronto empezaron a resultar más costosas para Gore debido a la publicidad negativa que la aportes de las grandes industrias farmacéuticas, por lo tanto, cambió de lado.


Con el aumento de la presión, e incluso durante el reinado del Presidente George W. Bush y su represivo representante de comercio Robert Zoellick (hoy presidente del Banco Mundial), el sistema de los Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual relacionados con el Comercio (ADPIC) fue modificado en Doha a fines de 2001 para permitir que los medicamentos genéricos pudieran ser utilizados en emergencias médicas y sanitarias.


Esta fue una enorme victoria de África, que eliminó cualquier argumento para seguir negando las medicinas capaces de salvar sus vidas a las personas más pobres del planeta.


En 2003, con otro atroz acuerdo de la OMC sobre la mesa en Cancún, y 30.000 personas manifestando en su contra afuera, nuevamente el liderazgo africano no se sumó al consenso, dando por tierra así los planes de Estados Unidos y Europa de profundizar la liberalización. La OMC no ha logrado recuperarse aún de ese golpe.


Estos son los antecedentes necesarios para superar los tres enormes desafíos que enfrenta el Norte en Copenhague: la reducción de las emisiones en 2020 al menos en 45% (respecto de los niveles de 1990) a través de un acuerdo internacional vinculante; la desestructuración de los mercados de carbono y el artilugio de las compensaciones; y el pago de la enorme deuda ecológica a las víctimas del cambio climático.


Siendo realistas, la correlación de fuerzas adversa que hoy prevalece no permitirá victorias en ninguno de estos tres desafíos, mucho menos aún en los tres. ¿Cuál sería la respuesta lógica?


En Barcelona, a comienzos de noviembre, los negociadores africanos boicotearon las conversaciones pre-Copenhague, haciendo realidad la amenaza del líder de la AU Meles Zenawi en septiembre, ya que el Norte había puesto tan poco sobre la mesa de negociaciones.


De hecho, ésa es la principal lección de Seattle: al retirarse –junto con los manifestantes de la sociedad civil- e impedir la concreción de un acuerdo negativo en Copenhague el 18 de diciembre, podemos entre todos allanar el terreno para seguir avanzando.


Dos años después del fracaso de Seattle, se avanzó con el acceso de África a medicamentos que nos permiten salvar vidas. Debemos asegurar que no nos lleve dos años después del fracaso de Copenhague que África consiga acceso a reducciones de emisiones que permitan salvar vidas y el repago de la deuda del clima, conjuntamente con el abandono del comercio de carbono- pero son esas seguramente las batallas que nos esperan.


* Patrick Bond dirige el Centro para la Sociedad Civil de la Universidad de KwaZulu-Natal: http://www.ukzn.ac.za/ccs


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Aprendiendo a contar hasta 350: recordando el poder del pueblo en Seattle en 1999 y en Berlín en 1989

por Rebecca Solnit*


Este diciembre, en la cumbre del clima en Copenhague, los países ricos que producen la mayor parte del exceso de carbono en la atmósfera, están destinados casi ciertamente a fracasar a la hora de adoptar medidas adecuadas para evitar la devastación del planeta a manos del calor y del caos climático. Sus líderes probablemente nos prometan cucharaditas con las cuales apagar el incendio e insistan en que gastar en mangueras es una carga demasiado pesada para que la asuman sus empresas. Ya se han retirado de cualquier acuerdo vinculante que pueda surgir de esta cumbre mundial. Habrá mucha discusión sobre quién debe reducir qué y cuándo, y cómo, donde muchos países reclamarán que actuarán si otros lo hacen primero. Los activistas –campesinos, ambientalistas, residentes isleños- provenientes de todo el mundo tratarán de escribir un futuro diferente, uno más audaz, y si los aniversarios son un presagio, pues entonces la historia está de su lado.


Hace una década, y otra década antes de esa, el poder popular cambiaba el rumbo de la historia. El 30 de noviembre de 1999, era el día que los activistas cerraban el paso a la reunión de la OMC en Seattle y comenzaban a trazar un nuevo curso para el planeta, distinto del diseñado por las empresas y sus siervos, los Estados naciones, un curso que éstos creían que iban a poder sostener sin ningún impedimento. Desde entonces, los acontecimientos han resultado crecientemente ajenos a la hoja de ruta de la OMC hacia la dominación global y a los escenarios financieros que los generales de la industria en su momento disfrutaron.


Hasta ese día en que decenas de miles de manifestantes se volcaron a las calles de Seattle a protestar (al igual que en otras ciudades del mundo, desde Winnipeg a Atenas, desde Limerick a Seúl), el poder de las empresas había hecho creer que su propia agenda era inevitable – y después, sucedió que de repente, ya no lo era. Interrumpida por los manifestantes afuera de la sala y, en el interior, por el disenso de los países pobres galvanizados por la lucha, la reunión colapsó en medio de la confusión. Hoy, la OMC es apenas un fantasma comparada con sus ambiciones de hace nada más que una década.

La desobediencia civil masiva en las calles, fue, de alguna manera, una respuesta a otro día clave pero una década antes. El nueve de noviembre de 1989, cuando caía el muro de Berlín y decenas de miles de alemanes invadían la zona prohibida que dividía la que fuera y volvió a ser su ciudad capital, para celebrar, y eventualmente para volver a unir su nación. La caída del Muro hoy se recuerda a menudo como si hubiera sido producto de la graciosa aquiescencia del oficialismo. Mas no fue así.


Anuncié que se abriría el muro, pero sólo la presión de la gente lo hizo posible” declaró anteriormente este año Günter Schabowski, el entonces vocero del comité central del Partido Comunista de Alemania Oriental. Si los alemanes del Este no hubieran resurgido y superado a los guardias del Muro, nada hubiera cambiado esa noche. En realidad, el pueblo derrocó varios regímenes por esa misma fecha. Gracias a la organización, firmeza, y extraordinario coraje e imaginación de la sociedad civil, Polonia, Checoslovaquia y Hungría también se salieron del bloque soviético y de una versión del comunismo también equivalente al totalitarismo.


Hubo mucho triunfalismo en Occidente de ahí en más. Desde la Casa Blanca hasta las revistas y los diarios empresariales se desató un torrente de pronunciamientos que declaraban el derrumbe del comunismo y el triunfo del capitalismo. Pero en realidad, no fueron esos los opuestos que estuvieron en juego en los sorprendentes levantamientos de ese momento en Europa del Este o la fracasada revuelta de la Plaza de Tiananmen en la capital de China que tuvo lugar ese mismo año. La gente quería libertad por cierto, pero no precisamente la libertad de comerciar misteriosos instrumentos de deuda y comprar hamburguesas dobles. No fue el capitalismo, sino la sociedad civil, casi su antítesis, quien se levantó y derribó el Muro. La real oposición en ese momento era: sociedad civil versus autoritarismo jerárquico, y así presentada, nuestra situación no era tan buena como Washington y los medios lo pensaban en aquel momento. No obstante, durante la siguiente década, no fue tan fácil argumentar contra la lógica del triunfo del capitalismo, en la medida que hasta la propia China se abocó a una marcha en línea recta hacia la economía del mercado y, en el proceso, a dejar en claro que capitalismo y democracia son dos fenómenos distintos. Fue también la década del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN o NAFTA por sus siglas en inglés), el primero de una serie de amplios acuerdos internacionales destinados a asegurar los términos del poder de las empresas durante un largo período futuro. Su implementación el 1 de enero de 1994 provocó el levantamiento de los Zapatistas –movimiento indígena campesino de la región austral de México- contra este acuerdo que prometía, y ha cumplido actualmente con creces, iniciar un capítulo sombrío de privaciones y desposesión para la mayoría de los mexicanos. Como la caída del Muro de Berlín, el levantamiento de los Zapatistas sorprendió como un gran shock.


El sonido sordo y el cambio de los tiempos

Pocos recuerdan cómo se desestimó la oposición al TLCAN; la misma fue objeto hasta de burla al momento de debatir, firmar y ratificar el tratado. En su debate con Bill Clinton y el viejo George Bush durante la campaña presidencial de 1992, Ross Perot fue ignorado cuando decía “Tenemos que dejar de mandar nuestros empleos al exterior”. Se lo ridiculizaba por describir el “gigantesco sonido sordo” de los puestos de trabajo enfilados al sur. Algo, que por cierto, hicieron—y luego hacia China, en una carrera financiera acelerada de nivelación hacia abajo, mientras el maíz de la gran agroindustria del medio oeste también marchó al sur donde hundió en la bancarrota a los pequeños agricultores mexicanos.


Alimentos baratos, mano de obra barata, productos baratos que luego se transformaron en muy pero muy caros para la mayoría de nosotros. Para ver cómo han cambiado las cosas, basta ver como Hillary Clinton se vio obligada a mentir en la última campaña presidencial, declarando que había estado desde hace mucho tiempo en contra del TLCAN. En eso, se mostró simplemente como una veleta indicadora del cambio de los tiempos. Después de todo, en esa década a partir de Seattle, la mayoría de los países de América del Sur se liberaron no sólo de una herencia de dictadores apoyados por los estadounidenses y los escuadrones de la muerte, sino también de los programas económicos cuya imposición fue la razón de ser de estos instrumentos.


Venezuela le prestó a Argentina el dinero para que saldara sus deudas con el Fondo Monetario Internacional (FMI), ese instrumento más viejo cuyo objetivo ha sido imponer la ideología del libre mercado y el lucro empresarial. Otros países hicieron lo mismo, y el continente en gran medida se liberó de la imposición de las políticas neoliberales que beneficiaban fundamentalmente a Washington y las grandes empresas. EL FMI quedó tan empobrecido tras la desinversión latinoamericana –que pasó de dar cuenta del 80% de sus préstamos a alrededor del 1%-- que se ha visto obligado a vender sus reservas de oro. Al Banco Mundial, por comparación, no le ha ido tan mal. Para el 2005, la marea claramente había cambiado, y el poder de estas instituciones, y del llamado Consenso de Washington que venía incluido en ellas, estaba en decadencia.


El columnista del New York Times, Thomas Friedman, se refirió a la gente que tomó las calles en Seattle como “un arca de Noé poblada de defensores de la concepción según la cual la tierra es plana, sindicatos proteccionistas y yuppies que añoran las consignas de la década de 1960”. Con munición gruesa acusó: “resulta de locos que los manifestantes quieran que la OMC se transforme justamente en lo que la acusan de ser: un gobierno global. Ellos quieren que establezca más reglas: sus reglas, que imponga nuestras normas laborales y ambientales a todos los demás”.


Por muy buenas que pudieran ser nuestras normas laborales y ambientales en cualquier otra parte, la mayoría de nosotros no quería que la OMC hiciera nada ni tuviera ningún poder. En palabras del volante de la Direct Action Network de agosto de 1999, “la meta general [de la OMC] es eliminar los “obstáculos al comercio”, que frecuentemente incluyen leyes laborales, reglamentaciones de salud pública y medidas de protección al medio ambiente”.


Aquel día en Seattle una grúa permitía desplegar un par de gigantescas pancartas en forma de flechas: la primera decía “Democracia” y apuntaba hacia un lado, la segunda “OMC” y señalaba en sentido contrario. El volante y las pancartas fueron parte de una resistencia cuidadosamente organizada, y es importante recordar que acontecimientos como la Revolución de Terciopelo de Checoslovaquia 20 años antes, o la interrupción del trabajo de la OMC no fueron simples levantamientos espontáneos; fueron el fruto de un largo trabajo. Mientras la derecha y demasiados medios estadounidenses prefieren recordar un Seattle ficticio que se reduce a un caldero de activismo violentista (a la vez que ignoran la violencia de la policía), hay demasiada gente en la izquierda que quiere pensarlo como una convergencia milagrosa y no como el resultado de un cuidadoso trabajo de construcción de alianzas, de elaboración de estrategias, de proyección y enlace y todos los desvelos que todo ello implica.


Descarriados lejos del modelo para nuestra era

En el siglo XXI, los acuerdos de libre comercio se instalaron con su propia versión de la gripe porcina, una enfermedad probablemente generada en una gigantesca factoría de cría de cerdos de Smithfileld Farms en Veracruz México, apodada la gripe del TLCAN. El propio TLCAN ha sido ampliamente denostado. El candidato presidencial Manuel López Obrador hizo campaña en las elecciones de 2006 en México con la promesa de que renegociaría el acuerdo; Hillary se desdijo del mismo. El plan de un Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) que abarcaría todo el continente, se enfrentó a una oposición masiva en Miami en 2003. Se estrelló y se hizo humo en Argentina en 2005 y desde entonces ha pasado al olvido.


América Latina hizo su propio camino, mientras la administración Bush centró sus baterías en el Oriente Medio. Los pueblos indígenas de Ecuador y Bolivia tuvieron un conjunto de victorias particularmente provocativas, mientras la gente de Cochabamba en Bolivia derrotó asombrosamente la privatización del agua en esa ciudad a manos de la Bechtel Corporation, una transnacional con sede en Estados Unidos; los ecuatorianos llevaron a juicio a Chevron por la devastación ambiental provocada por esta empresa en lo que podría ser el juicio contra una empresa transnacional más grande de la historia: US$27 mil millones.


Entre tanto, la OMC avanzaba a los tumbos de reunión en reunión, segura en la ronda de Doha respecto de manifestantes fastidiosos pero no del disenso de los países en desarrollo. Nuevamente resultó acosada por los activistas en 2003 en Cancún, México – en escala e impacto que constituyó otro Seattle—y luego fue nuevamente apaleada en Hong Kong en 2005. La siguiente conferencia ministerial de la OMC se reúne ahora en Ginebra el 30 de noviembre, una década después del día del fracaso de Seattle, intentando aún resolver los temas surgidos en Doha. Por supuesto, en el entre tiempo, han surgido furtivos acuerdos comerciales bilaterales que sustituyen los grandes acuerdos multilaterales, pero está muy lejos de aquella era triunfante que se avizoraba una década antes. Del propio Irak difícilmente pueda decirse que fue la presa fácil que anticipaban las grandes compañías petroleras y los grandes contratistas.


En realidad, para las empresas no es mucho lo que les ha salido según lo planeado. El propio capitalismo fracasó hace poco más de un año. O mejor dicho, la bizarra complejidad de las economías de mercado bajo la égida de las grandes transnacionales que determinan al menos alguna parte de la vida de casi todos los habitantes del planeta, implosionó en una serie desenfrenada de debilidades sin regulación alguna y extraños procesos disociativos. Luego, estas economías fueron apuntaladas por los gobiernos, haciendo más cierta que nunca la frase “socialismo para los ricos”. Por un momento, los propios diarios de negocios que habían celebrado el triunfo del capitalismo en 1999 proclamaban el “fin del capitalismo estadounidense como lo conocimos”, y el “colapso financiero”.


Parecía que la economía mundial hubiera sido un automóvil manejado por un borracho. Aunque ahora seguimos dejando al borracho detrás del volante, al menos su credibilidad y la lógica de lo que él declara que hace está irreparablemente dañada. En el vigésimo aniversario de la Caída del Muro de Berlín, la tapa de la revista Time era “Why Main Street hates Wall Street” (Porqué la calle principal odia a Wall Street) y el artículo le decía a los lectores en el inicio mismo que debían estar furiosos. La caída de Wall Street, podríamos decir, para hacernos eco de Berlín.


Los precios insólitamente altos del petróleo, la aventura riesgosa de transformar alimentos en biocombustibles, y las fusiones económicas han tenido además otras consecuencias. Michael Pollan escribió en el New York Times hace más de un año:


En los pasados meses, más de 30 países han sufrido motines por alimentos, y hasta el momento cayó un gobierno por esa causa. Si los precios de los granos siguen tan altos y se genera escasez, es posible esperar que el péndulo se mueva decididamente alejándose del libre comercio, al menos en los alimentos. Los países que abrieron sus mercados a la inundación de granos baratos provenientes del exterior (bajo la presión de los anteriores gobiernos y del Banco Mundial y el FMI) perdieron tantos agricultores que ahora descubren que su capacidad para alimentar a sus propias poblaciones depende de las decisiones que se toman en Washington...y en Wall Street. Ante esto ahora se apuran a reconstruir sus propios sectores agrícolas, y buscan entonces protegerlos levantando barreras al comercio. Es probable que no sólo la Ronda de Doha, sino la causa toda del comercio en agricultura esté muerta...”


Otra marcha fúnebre que se impone sobre la dorada visión de la globalización capitalista no tiene nada que ver con la ideología; se trata del petróleo, ya que cuanto más cuesta enviar cosas alrededor del mundo, menor sentido económico tiene hacerlo. En palabras del New York Times en un artículo publicado en agosto:


El petróleo barato –ese elemento que lubrica el enlace rápido entre distintos puntos mediante un transporte poco costoso—posiblemente no vuelva por un largo tiempo, afectando así la lógica de las cadenas de oferta difusas en las que la geografía es una nota al pie en la búsqueda de salarios más bajos. La creciente preocupación por el calentamiento global, la reacción ante la pérdida de los puestos de trabajo en los países ricos, los problemas de la seguridad alimentaria y los alimentos inocuos, y el colapso de las conversaciones sobre el comercio mundial en Ginebra la semana pasada, son también señales de que las preocupaciones políticas y ambientales pueden determinar que el cálculo de la globalización termine siendo mucho más complejo”.


Los pasajes citados anteriormente han sido extractados del New York Times, no de The Nation o de Mother Jones. Lo que significa que si el comunismo fracasó hace 20 años, el capitalismo tambaleó 10 años después en Seattle y está de rodillas desde hace un año. Las crisis del petróleo y los costos de los alimentos solamente son argumentos de esta realidad. Pero la crisis del cambio climático es bastante más preocupante que todo el resto.


Futuros que funcionan

Hay un sin fin de preguntas y enigmas sobre la situación en gran parte imprevista en la que nos encontramos actualmente todos los seis millones de habitantes de la Tierra. Uno es: si fracasaron el capitalismo y el comunismo, ¿cuál es la alternativa? La gran tienda de subversiones y tradiciones que denominamos izquierda no ha hecho, en los últimos tiempos, un buen trabajo a la hora de pintarnos los escenarios posibles que se nos presentan. Sin embargo, quizá la respuesta sobre qué alternativas políticas y sociales pueden existir esté muy cerca de cómo sería un mundo sustentable a la luz del cambio climático: economías y tecnologías flexibles, inteligentes, locales y pequeñas, la mayor democracia directa posible, eliminación del exceso de riqueza como parte de una nivelación que podría también eliminar la pobreza extrema.


Parte de nuestra esperanza de un futuro radica en que, un día, lo ecológico y lo económico funcionen alineados, de tal manera que, entre otras cosas, el petróleo y el carbón sean formas cada vez más onerosas, y ofensivas, de hacer funcionar nuestras máquinas. ¿Seremos suficientemente creativos como para abrazar el cambio antes de que los sistemas destrozados, y la fuerza devastadora del clima nos obliguen a cambiar al imponérsenos como una crisis insoportable? Las decisiones sobre la naturaleza de ese cambio necesario deben ser tomadas por la ciudadanía, que parece bastante dispuesta a enfrentar el cambio cuando comprende sus hechos directos, y no por las naciones-Estado más ricas y poderosas y sus líderes, que en esta coyuntura parecen estar más interesados en proteger a las empresas que a la vida del planeta.

Para sobrevivir la era que se viene, necesitamos volver a imaginar qué es riqueza y bienestar y qué es pobreza. Esto no significa decirles a los pobres que no esperen tener una casa decente, alimentos suficientes y alguna oportunidad de educarse, y algunos placeres y poder. Significa detener y hacer retroceder la máquina loca del consumo que ha sido el motor de la economía mundial, a pesar que lo qué produce muy a menudo no tiene nada que ver con lo que efectivamente se necesita. La vida “americana” tal como transcurre hoy es pobre en seguridad, confianza, interrelación, agencia, contemplación, calma, disfrute y otras cosas que no se pueden comprar en Wal-Mart, ni en Neiman Marcus. Si podemos entender qué es pobre en nuestra forma de ser hoy, también podemos enriquecernos en vez de empobrecernos en el cambio.


Al parecer muchos aniversarios de revoluciones se celebran en años que terminan en nueve – Francia en 1789, Cuba en 1959, Nicaragua en 1979. Y si seguimos, en nuestro calendario de nueves, hubo una caída del Muro y una batalla en Seattle. Sin embargo, la “revolución” que nos trajo a esta era del cambio climático, no puede fecharse de esa manera. Fue la revolución industrial, un cambio gradual a una era de mecanización, que fue posible, y paralela, al aumento del consumo de combustibles fósiles. No podemos ni debemos deshacer esta revolución, pero necesitamos rechazar algunas de sus premisas y reconocer algunos de sus costos, que incluyen la alienación, la degradación y la mercantilización.


Necesitamos una revolución pos-industrial con tecnologías apropiadas, tanto en el mundo desarrollado como en el mundo en desarrollo, para reemplazar, por ejemplo, las linternas a kerosene y las estufas a leña, pero no por artefactos convencionales sino por elegantes tecnologías de energía solar.


Es necesario que haya otra revolución además de éstas, una que termine con la descolonización del mundo para que Europa y los Estados Unidos no usen más la parte del león de los recursos y emitan la parte del león de carbono per cápita. La OMC, el FMI y otros instrumentos del neoliberalismo tuvieron como fin mantener al mundo tal cual era en marcha; la revuelta de Seattle fue una revuelta contra su ideología así como contra su impacto, y el grafiti que dice “Estamos ganando” que ya lleva una década tenía razón.


El “nosotros” que puede ganar, y es necesario que gane en las guerras del cambio climático no es el propio Estados Unidos. Como hace poco escribiera Bill McKibben sobre el Presidente Obama “el anuncio realizado ayer en la reunión de APEC en Singapur de que las conversaciones sobre el clima el mes que viene en Copenhague no serán más que una sesión de conversaciones glorificadas deja en claro que el Presidente, al menos por ahora, patea para adelante las cuestiones más duras del clima. El mundo no podrá comenzar a resolver el problema del cambio climático, y el obstáculo es – como ya lo hemos visto en las últimas dos décadas—los Estados Unidos”. Los ciudadanos estadounidenses deben rebelarse, una vez más, contra la falta de visión y responsabilidad de su propio país, en solidaridad con el resto de los pueblos del mundo, y de los animales, y las plantas, y los arrecifes de coral, y las líneas costeras, y los ríos, los glaciares, las capas de hielo y el clima tal como lo conocemos hoy, o como un día lo conocimos. Esa es la causa por la cual el 30 de noviembre será un día de acción mundial.


Todo va a cambiar, sea porque se produzca una arremetida irrefrenable del cambio climático, con su cuota concomitante de destrucción y sufrimiento, o porque adoptemos un conjunto de programas que detengan lo peor y devuelvan nuestro planeta a los niveles de carbono en la atmósfera de 350 partes por millón, que son los niveles estándar que hoy se consideran necesarios para evitar una catástrofe ambiental. Estamos ya en 390 partes por millón. Lamentablemente, muchos países en las negociaciones cruciales de Copenhague se han quedado con una noción ya perimida de que el mundo, tal como lo conocimos, puede sobrevivir con un nivel de 450 partes por millón, algo que muy convenientemente significa que solo se necesitan ajustes relativamente moderados.


Recordar la forma drástica – e inesperada—en que las cosas han cambiado en el pasado reciente es parte de la caja de herramientas que nos permitirá realizar un cambio posible más profundo y mucho más necesario. Seguramente, el extraordinario poder de la gente común en Berlín y Seattle nos brinda ese tipo de lección histórica, la riqueza que necesitamos para empezar a aprender a contar.



* Rebecca Solnit es autora de ‘A Paradise Built in Hell: the Extraordinary Communities that Arise in Disaster’, y coautora con su hermano David de ‘The Battle of the Story of the Battle of Seattle’, una breve mirada de antología sobre cómo aquel acontecimiento que dividió aguas ha sido desdibujado y mal interpretado y donde se reproducen algunos de los documentos originales de esa instancia.

Este artículo fue publicado por primera vez en Tomdispatch.com, un Weblog del Nation Institute, que ofrece una serie de fuentes alternativas, noticias y opinión de Tom Engelhardt, editor de larga trayectoria en editoriales, co-fundador del American Empire Project, autor de The End of Victory Culture, y editor de The World According to Tompdispatch: America in the New Age of Empire.


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Diez años después de Seattle: una estrategia, mejor dos, para el movimiento contra la guerra y el capitalismo

por Franco Bifo Berardi*


En noviembre de 1999 en Seattle comenzó una rebelión moral: después del acto de interrupción de la cumbre de la OMC, millones de personas en todo el mundo declararon que la globalización capitalista causa devastación social y ambiental. Durante dos años, el movimiento mundial produjo un proceso efectivo de crítica a las políticas neoliberales, generando la esperanza de un cambio radical.


Luego, después de la cumbre del G8 en Génova, la narrativa mundial cambió, y la guerra pasó a ocupar el centro de la escena. El movimiento no dejó de realizar sus acciones pero su eficacia se redujo a cero. Fracasó en hacerse carne en la vida cotidiana de la sociedad mundial. No pudo gestar el proceso de auto-organización del trabajo técnico-científico.


Diez años después de Seattle hemos tenido que inventar una nueva estrategia para el movimiento, partiendo de la conciencia de que la forma predominante del poder mundial hoy es la guerra, y que una dictadura militar está tomando forma en el mundo.


La política neoliberal destruyó la idea misma de una esfera pública en el campo de la economía y en el campo de los medios. Ha privatizado cada fragmento de producción, comunicación, lenguaje y afecto. La competencia ha tomado el lugar de la solidaridad en todos los aspectos de la vida y el crimen se ha vuelto la forma predominante de las relaciones económicas.


La guerra mundial es el fin natural de esta mutación criminal del modo capitalista de producción.

Y la devastación sistemática del medio ambiente físico y síquico es el efecto natural de esta mutación.

La victoria de Barack Obama abrió una ventana. Pero a través de ella puede verse la paradoja de la situación actual. Estados Unidos de América ha perdido su hegemonía militar porque el fanatismo religioso, el fundamentalismo islámico, el resurgente nacionalismo ruso y el terror son estratégicamente dominantes en el territorio Euro-Asiático. Desde Afganistán a Pakistán, de Irak a Irán y Libia, y desde el Cáucaso a Ucrania, la hegemonía occidental está definitivamente perdiendo terreno.


Además, la crisis financiera ha dado lugar a un resquebrajamiento del poder estadounidense y la diseminación de la recesión y la inflación acarrean turbulencias y desconfianza en las sociedades occidentales.


En la década posterior a la presidencia de Clinton se podía hablar (aunque nunca de manera muy convincente) de un Imperio Estadounidense. Después del comienzo de la guerra infinita, los pensadores que creían en la existencia del Imperio Estadounidense argumentaban que la política de Bush era un golpe de Estado al interior del Imperio. Si fue así, debemos decir que el golpe logró su cometido. Bush y su séquito guerrerista han perdido sus guerras (la guerra de Irak es un fracaso total, la de Afganistán una derrota sin fin, y una guerra en Irán no se ganará nunca). No obstante, ganaron la guerra por más ganancias del petróleo y más gastos militares, y lo que es peor, ganaron la guerra contra la paz y la humanidad.


En la actualidad, cuando la Casa Blanca está ocupada por un presidente con una cultura democrática más genuina, el Imperio Estadounidense se cae a pedazos, y el caos es el único emperador del mundo.


¿Qué se puede hacer en este escenario? ¿Qué estrategia puede elaborar el movimiento de hombres y mujeres que luchan por la paz y la justicia?

No hay esperanza a la vista en la medida en que el giro criminal del capitalismo está generando efectos irreversibles en la cultura y en el comportamiento de la sociedad del planeta.


Un tercio de la humanidad corre peligro de muerte: el hambre se expande como nunca antes. La crisis energética sirve de combustible a la agresión y la inflación.


Un tercio de la humanidad trabaja en condiciones que bordean la esclavitud y las personas están condenadas a aceptar el chantaje de la precariedad y la explotación.


Un tercio de la humanidad se arma hasta los dientes para defender su nivel de vida, contra el ejército de inmigrantes que pujan en las fronteras.


Nos tenemos que preparar para una larga fase de barbarie y violencia.


Debemos crear un refugio seguro para la pequeña minoría de la población del mundo que quiere salvar la herencia de la civilización humanista y las potencialidades del Intelecto General, que están ante el grave peligro de una militarización irredimible.


La era a la que entramos durante la primera década del siglo es muy similar a la llamada Edad Media europea. Mientras el territorio era arrasado por las invasiones, y se destruía el legado de la civilización antigua, grupos de monjes salvaban la memoria del pasado, y las semillas de un posible futuro.


No podemos saber si esta era de barbarie durará décadas o siglos, ni podemos decir si el medio ambiente del planeta sobrevivirá la devastación criminal capitalista actual.


Pero ciertamente sabemos que no tenemos las armas para enfrentar a los destructores, por lo que debemos salvarnos nosotros y la posibilidad del futuro.


Una única estrategia no es suficiente, cuando las cosas son tan impredecibles como ahora.


No podemos asegurar qué consecuencias tendrá la pérdida de la hegemonía estadounidense, ni cómo seguirá la guerra desde Pakistán hasta la Franja de Gaza. Y no podemos imaginarnos qué clase de consecuencias producirá la guerra civil de baja intensidad que se ha iniciado en Europa, y qué clase de explosiones pueden sucederse a raíz de la recesión inflacionaria que arrasa la economía de los trabajadores de Occidente.


Debemos estar preparados para la perspectiva de un largo período de retiro monástico, pero también para la perspectiva de una súbita regresión del paisaje político mundial. Imaginen una revuelta de los trabajadores chinos contra el capitalismo nacional comunista, la explosión de una guerra étnica abierta en la sociedad europea, la ruptura de las fuerzas armadas estadounidenses incapaces de enfrentar la nueva ola de terrorismo alimentada por las guerras de afganos y paquistaníes, la caída apocalíptica de los ecosistemas en importantes áreas del planeta. Estos escenarios son perfectamente realistas en el futuro cercano, y podrían producir cambios drásticos y dramáticos en el estado de ánimo político de la mayoría de la población mundial. Tenemos que estar preparados para esto, tenemos que preparar la narración para una regresión de este tipo, y tenemos que crear un ejemplo feliz de otro estilo de vida, uno que no se base en el consumismo, el crecimiento y la competencia.


Nuestra tarea central en el futuro próximo debería ser en mi opinión la redefinición de la propia idea de bienestar, riqueza y felicidad.


Nuestra tarea será la creación de monasterios donde experimentar el bienestar de la frugalidad. La crítica a la naturalización del paradigma del crecimiento, la elaboración cultural de un nuevo paradigma basado en el abandono de la obsesión por el crecimiento, que apunte a la frugalidad, la producción cultural intensiva, la solidaridad, el ocio, y la negación de la competencia.


El capitalismo ha identificado el bienestar con acumulación, la felicidad con consumismo y la riqueza con la destrucción de los recursos naturales y síquicos.


Tenemos que volvernos el ejemplo de un estilo de vida donde el bienestar se disfrute con frugalidad, la felicidad se una a la generosidad y la producción esté asociada al ocio.


La riqueza no tiene nada que ver con el consumo compulsivo y la acumulación obsesiva. La riqueza es el placer de ser, y el goce del tiempo.



* Franco Berardi, conocido como "Bifo", es fundador de la famosa "Radio Alice" de Bolonia y figura importante del Movimiento italiano Autonomía; es escritor, teórico de medios de comunicación y activista de los medios. Actualmente enseña Historia Social de los Medios en la Accademia di Brera, en Milán.


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¡Venid a Copenhague (porque no hay redención en un monasterio)!

por Nicola Bullard*


Es muy interesante volver a leer la edición de Enfoque sobre Comercio que publicamos inmediatamente después del fracaso de las negociaciones de la OMC en Seattle a comienzos de diciembre de 1999 (en caso que les interese es el número 42). En el artículo central de Walden Bello, lo que más llama la atención no es el anuncio triunfante de la llegada del movimiento anti-globalización, sino más bien un relato domesticado del fracaso de las conversaciones sobre los temas de la transparencia, intentos de introducir normas ambientales y laborales y una delegación africana descontenta. Por supuesto, se mencionan las grandes manifestaciones callejeras, al igual que la marcha de 1.000 a la cárcel del condado exigiendo la liberación de más de 400 activistas arrestados. Pero en el relato, no hay ni una pizca del folclore –en realidad del mito- que hoy se ha transformado en la “Batalla de Seattle”.


Yo no estuve ahí, por ende no sé distinguir los hechos de la ficción. Pero sí sé que la OMC nunca se recuperó y probablemente nunca más lo logre. Una vez que obtuvimos un indicio de la vulnerabilidad esencial de la organización, y el potencial asombroso que engendran las estrategias bien pensadas de “adentro y afuera”, no hubo vuelta atrás.


Las cumbres ministeriales de la OMC de Hong Kong y Cancún tienen su propia mitología. La trágica protesta-suicidio de Lee Hyung-kae y las heroicas campesinas en sus magníficos atuendos brillantes ante el cerco caído –eligiendo no ir más allá después de demostrar que era posible entrar en la fortaleza. En Hong Kong, las imágenes de los campesinos coreanos en silencio rindiendo homenaje a la Tierra, con sus diez pasos ceremoniosos y su reverencia durante millas, o saltando de los botes a las frías aguas del Puerto de Hong Kong, nadando hacia el centro de convenciones donde estaban reunidos los ministros de comercio. Tampoco estuve en Hong Kong o en Cancún, pero esos momentos son parte de mi historia. Como lo fueron Praga, Génova y Quito, donde experimenté la combinación embriagadora de gas lacrimógeno y bloque negro, que, hay que admitir, crea una ráfaga de adrenalina. Génova más que las demás, dejó su marca: atravesamos juntos el fuego aquel viernes y salimos llenos de gloria. La extraordinaria solidaridad mientras marchábamos juntos ese sábado brillante, negándonos a agacharnos ante la violencia de la policía y rindiendo homenaje a Carlo Giuliani. Esto es lo que recuerdo.


Releer las historias escritas en esos momentos me pone la piel de gallina: hay algo removedor acerca de lo que cada uno intentó hacer, contra todo pronóstico y con humor, con creatividad y con convicción. Experimentamos con nuevas formas de hacer política, construimos grandes proyectos como el Foro Social Mundial, y sí que tuvimos impactos, grandes y pequeños. El último día de la cumbre ministerial de Hong Kong un grupo de gente de Hong Kong distribuyó una “carta de agradecimiento a nuestros amigos internacionales”. La carta decía:


Gracias por su paciencia para explicarnos a nosotros y a los medios, los devastadores efectos de la OMC, aunque las voces de ustedes hayan sido desfiguradas y sumergidas en los medios locales; gracias por mostrarnos mediante pasos uniformes, la importancia de la solidaridad; solamente a través de la solidaridad mutua entre los pueblos, el apoyo mutuo y la lucha a largo plazo, es posible lograr la democracia”.

¿Hace realmente sólo diez años desde Seattle? Ha pasado tanto, y tanto ha cambiado (yo misma incluida). Seguro que no fuimos capaces de “medir el momento histórico” de la crisis financiera de 2008 para poner al capitalismo de rodillas, ni logramos detener la guerra en Irak. Pero hemos construido un movimiento mundial (no sectario) con algunos valores y metas compartidos, que reúne al Sur y al Norte, con nuevas formas de trabajo conjunto que van más allá de una campaña o una manifestación puntual. Ahora estamos preparando la cumbre del clima de diciembre en Copenhague y puedo sentir –en todas partes- la misma energía y entusiasmo que volcamos para descarrilar la OMC y construir el Foro Social Mundial. El florecimiento del movimiento por la justicia climática es algo real, y sus orígenes están en Seattle y en Porto Alegre.


Es por eso que la lectura de Franco “Bifo” Berardi es tan deprimente. Justamente cuando hay tanto por hacer, él nos dice que vayamos al monasterio. Habla como un sobreviviente y no como un liberacionista que reafirma la vida cuando escribe:


Debemos crear un refugio seguro para la pequeña minoría de la población del mundo que quiere salvar la herencia de la civilización humanista y las potencialidades del Intelecto General, que están ante el grave peligro de una militarización irredimible”.


¿Qué es exactamente lo que quiere salvar Bifo? ¿Y quiénes son esta elite que tanto merece ser salvada? ¿La gente que está viviendo con SIDA y hace campaña contra las patentes? ¿Las mujeres sin tierra de Brasil que de madrugada cortan a machete hectáreas de plantación de eucaliptos? ¿Los pueblos indígenas de Bolivia y Ecuador que han perdido cientos de hermanas y hermanos defendiendo la sangre, la tierra y el agua? ¿O quizá simplemente aquellos que votaron a Evo Morales? ¿Los moradores de chozas en Durban que luchan contra los desalojos y la contaminación tóxica? ¿Los que fueron abandonados en Nueva Orleans? ¿Los desocupados de Argentina? ¿Los habitantes de las villas de Tailandia que crearon nuevos sistemas de intercambio para protegerse contra el caos financiero? ¿O quizá los acampantes por el clima que cercaron Kingsnorth?


El otro desafío al que Bifo nos enfrenta –redefinir “la propia idea de bienestar, riqueza y felicidad”- es estrechamente eurocéntrico, y bastante triste. En otras partes del mundo, quizá lejos de donde vive Bifo, familias, comunidades, hombres y mujeres viven cotidianamente su versión de la felicidad y del bienestar, contra todo pronóstico, y en la cara misma del militarismo, el capitalismo, el patriarcado y el racismo.


En vez de buscar el significado en un monasterio o prepararnos para escribir una narración occidental (otra más) sobre la historia, el camarada Bifo debería bajar al llano y embarrarse. Venga con nosotros a Copenhague compañero, puede que no sea Seattle, pero al menos lo sacará de su lúgubre introspección.


* Nicola Bullard es directora asociada de Focus on the Global South, y ha editado Enfoque sobre Comercio desde antes de Seattle.


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Enfoque Sobre Comercio es un boletín mensual de distribución electrónica, publicado por Focus on the Global South, que proporciona noticias y análisis sobre las tendencias regionales y mundiales de la economía y el comercio, la economía política de la globalización y las luchas populares de resistencia y alternativas al capitalismo mundial. Sus contribuciones y comentarios son bienvenidos, escriba a n.bullard@focusweb.org y comercioredes@gmail.com



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Traducción: Alicia Porrini y Alberto Villarreal (comercioredes@gmail.com) para REDES - Amigos de la Tierra Uruguay (www.redes.org.uy).

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