ENFOQUE SOBRE COMERCIO

No. 116, Marzo 2006



En esta edición de Enfoque sobre comercio informamos sobre acontecimientos recientes en distintas partes de Asia: desde la visita de Bush a la India pasando por la declaración de estado de emergencia en las Filipinas, la presencia de tropas estadounidenses en Sulu y el creciente movimiento para derrocar al primer ministro de Tailandia. También nos preguntamos si hay lecciones a aprender de la experiencia venezolana, donde el ejército juega un papel importante en la reforma radical que se está procesando. Y, como novedad, no hay nada en absoluto sobre comercio.


*************************************************


LO QUE SUCEDE CUANDO SE GOBIERNA UN PAÍS COMO SI FUERA UNA EMPRESA: INFORME SOBRE LA CRISIS POLÍTICA EN TAILANDIA

Alec Bamford & Chanida Chanyapate


EL CONVENIO NUCLEAR BUSH-MANMOHAN: CRECE LA INSEGURIDAD EN EL SUR DE ASIA Y MÁS ALLÁ

Varsha Rajan Berry


ESTADO DE EMERGENCIA EN LAS FILIPINAS: VUELTA AL FUTURO

Herbert Docena


MILITARES RADICALES EN VENEZUELA: ¿CUÁL ES SU RELEVANCIA PARA LOS DEMÁS PAÍSES EN DESARROLLO?

Walden Bello


TROPAS ESTADOUNIDENSES EN SULÚ: ¿EL RETORNO DE LA BRIGADA WOOD?

Herbert Docena



*************************************************

También puedes descargar el original en inglés, Focus on Trade, directamente en: http://www.focusweb.org/pdf/Fot-pdf/fot116.pdf


*************************************************



LO QUE SUCEDE CUANDO SE GOBIERNA UN PAÍS COMO SI FUERA UNA EMPRESA: INFORME SOBRE LA CRISIS POLÍTICA DE TAILANDIA

por Alec Bamford & Chanida Chanyapate*



La sociedad civil progresista y democrática de Tailandia se ha sumado a los llamamientos para lograr el derrocamiento del Primer Ministro. No hay nada nuevo en este hecho hasta que nos damos cuenta que al lado de las ONG, los intelectuales y las organizaciones de base se encuentran un ex-amigote en quiebra, un soldado reconvertido a político y a gurú y su marginada secta budista, uno de los monjes tradicionales más devotos, acéticos y nacionalistas, y hasta un ex dictador militar depuesto hace 14 años.


Y el asediado Primer Ministro puede alegar que contó con mayorías aplastantes en dos elecciones nacionales tan libres y justas como es posible en Tailandia, y que ha sido absuelto de delito por la justicia.


Mientras tanto, uno de los miembros más peligrosos de los militares en servicio está haciendo ruidos amenazantes, y el palacio está ocupado enviando señales no demasiado encubiertas de que a Su Majestad no le Causa Gracia.


En esta precaria situación con manifestaciones y contra manifestaciones de masas todos los días, ¿cómo puede ser que las ONG que conocemos y queremos estén del mismo lado de las barricadas que las fuerzas de la oscuridad? Bienvenidos al mundo bizantino de la política tailandesa. Comencemos con algo de …



Contexto

No es posible entender la política tailandesa si no se comprenden algunos de sus principios básicos. Quizá el más importante es que las políticas muy rara vez importan (en realidad, se debe dar crédito al Primer Ministro Thaksin Shinawatra por haber introducido en la política tailandesa la idea de hacer campaña por un conjunto de políticas, e incluso, más notoriamente, por tratar de implementarlas después de electo), lo que sí es crucial son las personalidades, o mejor dicho, las relaciones personales.


La sociedad civil

Los componentes de la "sociedad civil" en Tailandia son muy particulares ya que en realidad se oponen a Thaksin por principio. Deploran que haya pisoteado los derechos humanos en la guerra contra las drogas en 2004 (2500 muertos y ningún responsable) y en la represión desatada en la región sur del país. Se manifiestan contra el control rastrero que ejerce sobre los medios, especialmente cuando decidió demandar a uno de sus propios seguidores por 400 millones de baht por decir lo que todo el mundo sabía –que su imperio comercial ha florecido como nunca durante su ejercicio en el cargo de primer ministro. Y están exasperados por la arrogancia de las simplonas recetas que usa Thaksin para encarar cuestiones como la pobreza, y autovanagloriarse por ello. En parte porque las ONG trabajan fundamentalmente con temas, no con personas, y en parte por su decisión –tomada desde hace ya mucho tiempo- de mantenerse alejadas de los partidos políticos, su influencia ha sido preciosamente escasa, y por sí mismas no constituirían más que una molestia menor.


Son los otros actores quienes protagonizan la pelea.



El ex amigote

La crisis actual se inició con un programa televisivo, y cuando lo sacaron abruptamente del aire, siguió con una serie de manifestaciones organizadas por Sondhi Limthongkul. Sondhi y Thaksin provienen de moldes parecidos, y mientras duró el boom de los 90 los dos jugaban de compadres a apañarse mutuamente, a la manera habitual de la élite capitalista Sino-Tailandesa. Pero mientras Thaksin y su imperio de telecomunicaciones lograron sortear relativamente indemnes el colapso económico de 1997, el grupo publicitario de Sondhi fue fagocitado por las deudas. Pero esto le pasó a muchos otros. Todo lo que se necesitaba era contar con un banquero de confianza que le saliera de fianza a uno. Desafortunadamente, cuando Sondhi intentó mover los hilos de sus influencias descubrió que Thaksin los había cortado.


Furioso y herido Sondhi parece estar decidido a jugarse el todo por el todo. Cualquiera que esté en el tema del periodismo se dará de bruces con las artimañas empresariales aunque no las esté buscando, y de esta forma Sondhi ha sido capaz de sacar a la luz pública una gotera permanente de escándalos de corrupción que involucran a Thaksin, su familia y su círculo empresarial.


Los manifestantes pro democracia de 1992 eran conocidos como la “barra” del teléfono celular. Los seguidores de Sondhi son una “barra de correo electrónico”, mayoritariamente conformada por población urbana, de clase media, y en su mayoría con alto nivel educacional. Aunque son capaces de hacer trampa con sus propios impuestos a la renta, igual se pueden sentir indignados cuando se descubre que los hijitos de Thaksin, a través de un complejo manojo de compañías fantasmas, vendieron los viejos activos de Papá por la suma de 73 mil millones de baht (unos US$ 1.840 millones) libres de impuestos.


Los participantes de las manifestaciones de Sondhi tienden a tener una muy buena opinión de sí mismos, y más que nada aman "saber" cosas que no han aparecido en los medios. Podría ser información genuina que ha sido censurada, pero en gran parte se trata de tonterías sin sentido generadas por la industria del rumor, y nadie es capaz de distinguir entre una cosa y otra. En resumen, no son gente que vaya a tomarse a la ligera que alguien los trate de “estúpidos”, que es exactamente la forma en que los describe Thaksin.



El asceta

Sondhi adquirió un aura de rectitud que nunca podría haberse ganado por sí mismo en el momento en que se unió a Maha Boowa y sus seguidores. Maha Boowa pertenece a una tradición de monjes de los bosques del norte y noreste de Tailandia, muy estrictos, muy limpios, y en su caso muy nacionalista.


Si bien Thaksin puede argumentar que Sondhi está motivado por la envidia, y muchos no tendrán dificultades en creer que los dos son igualmente malos cuando de negocios turbios se trata, Maha Boowa le presta legitimidad moral a las fuerzas anti-Thaksin.



El mentor de los viejos tiempos

El movimiento anti Thaksin comenzó a aparecer como una fuerza irresistible cuando Chamlong Srimuan se sumó a la lucha contra su anterior protegido. Chamlong, un ex militar ahora reconvertido al budismo, creó en la década de 1980 un movimiento político (movimiento no partido) que introdujo la moral budista en la política tailandesa. Chamlong fue elegido gobernador de Bangkok en medio de una ola de fervor anti-política, y finalmente decidió transformar su movimiento en un partido. Se lanzó a buscar apoyo y lo encontró en un magnate en rápido ascenso. Ésta fue la primera participación pública de Thaksin en política, que en realidad no fue completamente feliz. Prometer irreflexivamente solucionar en 6 meses el desastre del tránsito en Bangkok, es un ejemplo típico del estilo de Thaksin. Grandes metas en titulares, plazos absolutamente irreales, relaciones públicas en cantidades industriales, pero al final, el resultado está muy lejos de lo prometido.



El “establishment” con conciencia

Uno de los puntos de inflexión que ayudó a demarcar una línea de separación entre los dos bandos intransigentes fue la declaración de un grupo de decanos de ciencias políticas que cuestionaba la legitimidad de Thaksin como primer ministro. No se trataba de la virulencia predecible de los antagonistas conocidos, esto provenía de la élite del establishment (uno de ellos el supervisor de la educación de la hija de Thaksin). A esta iniciativa le siguieron peticiones, cartas y declaraciones similares firmadas por los grandes y los buenos.



El blanco

Thaksin demuestra una y otra vez un desprecio irritante ante cualquiera que ose cruzarse en su camino, desde los soldados muertos en una revuelta en un arsenal militar donde se disparó la última insurrección en el sur ("merecían morir" por fracasar en su deber, según Thaksin), a los llamados internacionales a investigar las graves violaciones de los derechos humanos (a los cuales respondió “las Naciones Unidas no son mi padre”). Esto ha provocado expresiones de odio cerrado entre sus opositores que sencillamente no son comunes en la política tailandesa.


Ahora bien, los motivos de muchas de las fuerzas anti-Thaksin son bastante transparentes. Sondhi quiere venganza; Chamlong quiere arrepentimiento; la clase media quiere menos corrupción, y hay una serie de candidatos al puesto de primer ministro que quieren tener su oportunidad en el ruedo.


Pero la sociedad civil quiere algo más que una simple corrección de los males que se perciben. La clave está en la cuestión de la legitimidad y todo se remonta a la constitución de 1997, y a lo que Thaksin podía hacer con ella.*



La perversión de la reforma política

La mejor constitución de Tailandia sin lugar a dudas (y hemos tenido unas cuantas en los últimos años) fue aprobada tras las consecuencias del desastre económico de 1997, cuando la confianza en el establishment político estaba muy debilitada. Esto permitió que del vacío provisorio surgiera un documento sorprendentemente liberal.


Los redactores de la constitución buscaban dos cosas. Una, establecer algunos derechos básicos y los mecanismos para su aplicación. Existen es cierto algunas fallas. No es posible por ejemplo, ser candidato al Parlamento a menos que uno tenga un grado universitario, lo que en los hechos significa una barrera para la vasta mayoría de la población. Pero en lo central, se hizo un buen trabajo.


El segundo objetivo era corregir algunos de los defectos que se apreciaban en la estructura política anterior. El sistema de elección por circunscripción de tres miembros que parecía estar al servicio exclusivo de la compra de votos, que podía calcularse hasta en dos lugares decimales, fue a parar a la basura. La introducción de reglas más estrictas en la membresía de los partidos dificultó el salto de los políticos de un partido a otro (el escándalo de la compra de votos resultaba empequeñecido por otra práctica mucho más negativa y cara: la compra del escaño parlamentario). La creación de un sistema de listas de partido introdujo cierto grado de representación proporcional.

En resumen, la presencia de partidos fuertes y de gobiernos de un solo partido al estilo de Westminster se volvió algo mucho más probable, y con ello las coaliciones tambaleantes basadas solamente en el interés de preservar el autoenriquecimiento pasaron a ser cosa del pasado.


Para impedir que un partido fuerte se transforme en una dictadura parlamentaria la constitución creó una serie de agencias independientes elegidas, y en gran parte supervisadas, por el Senado. Y el Senado, por primera vez, pasó a ser un cuerpo conformado por elección y apolítico. Se prohibió la participación de miembros de los partidos y se restringió la campaña electoral exclusivamente al nombre, la profesión y las calificaciones educativas de los candidatos.


Las primeras elecciones del Senado en 2000 debieron haber servido como advertencia de cómo los planes mejor pensados pueden resultar mal. Ningún político pudo presentarse, pero sí pudieron hacerlo sus esposas, hermanos y esbirros, y fueron electos. La nueva Comisión Nacional Electoral hizo lo mejor que pudo y una provincia tuvo que votar cinco veces antes de que el resultado fuera legitimado. Pero cuando Thaksin ganaba su primera elección parlamentaria en el marco de la nueva constitución al año siguiente, la corrupción ya se había instalado.


Los controles y balances que se supone proporcionarían las nuevas agencias independientes fueron bloqueados todo el tiempo. La legislación que las habilitaba se demoró y desvirtuó; y los procedimientos utilizados para la elección de sus miembros fueron altamente cuestionables, y una vez en sus puestos muchos de ellos se caracterizaron por la inercia y la incompetencia.


Cuando la primera y pujante Comisión Nacional Electoral llegó al fin de su mandato, uno de sus integrantes vio como su solicitud de renombramiento fue rechazada con el argumento de que había cometido errores al llenar el formulario. El presidente de la nueva Comisión que se caracterizó por su inacción, era un oficial militar retirado al que se le mostró la tarjeta amarilla cuando quiso intervenir en la elección del Senado. La Comisión Nacional Anti-Corrupción fue destituida en masa por darse a sí misma un aumento de salario en forma corrupta. El nombramiento de la Comisión Nacional de Telecomunicaciones fue suspendido en reiteradas oportunidades por procedimientos impropios, y hace ya más de seis años que caducó su mandato. La primera persona a cargo de la legislación sobre Libertad de Información fue sacada del cargo porque ordenó a una facultad de la universidad hacer pública más información que la aceptable para la reputación de sus poderosos clientes.


Cuando de alguna forma se nombró la gente adecuada, igual se le impidió realizar su tarea. La Comisión de Derechos Humanos, probablemente la única agencia a la que se le dejó hacer su trabajo como quería, tiene la obligación de presentar informes al gobierno todos los años, pero Thaksin simplemente se negó a aceptarlos. Cuando la Auditora General llegó muy a fondo en algunos casos de corrupción que involucraban al Nuevo aeropuerto de Bankgok, repentinamente se descubrió un error técnico en su nombramiento realizado dos años antes. Se la suspendió, pero igual siguió con la investigación. Se le retuvo la paga, igual siguió. Finalmente, cambiaron las cerraduras de su oficina.



La suprema institución

En este caso (y en el intento de re designar a la Comisión Anti-Corrupción) las artimañas fueron detenidas por la acción del palacio, o más precisamente por la inacción del palacio. Cuando se nombró al Nuevo Auditor General elegido por un Senado complaciente con Thaksin, el Rey simplemente no firmó la designación.


Los manifestantes de ambos bandos en disputa levantan una marea de banderas nacionales. Thaksin siempre ha sido rápido para ponerse la camiseta nacional, incluso aunque gran parte de su imperio opera actualmente fuera del país. Pero se ha visto privado de la efectividad de esta poderosa herramienta al conocerse que él (técnicamente sus hijos) vendió su paquete accionario mayoritario en el buque insignia Shin Corp a Temasek, una corporación controlada por el Gobierno de Singapur. Esto se presenta inmediatamente como la "venta de la nación", y no importa cuántas cartas envíen a la prensa los capitalistas señalando que la globalización funciona en dos sentidos, no modificarán esta percepción.


Muchos de los manifestantes anti-Thaksin hacen llamamientos, a menudo revestidos de un lenguaje indirecto, para que el monarca intervenga. Esto ya ha pasado antes en momentos de crisis nacional y el Rey es visto por todos como una figura más allá del bien y del mal, como alguien comprometido personalmente con el bienestar de la nación, y por ende como la institución de último recurso.


También se sabe que no es muy fanático de Thaksin. Incluso antes del colapso económico, proponía una “economía de suficiencia”, que obviamente difiere de la globalización que el imperio de Thaksin abraza con tanto fervor. Y su Majestad se ha quejado reiteradamente de que sus ideas no han sido correctamente entendidas, y en dos oportunidades ha regañado públicamente al Primer Ministro en su discurso anual a la nación en el día de su aniversario.


Como ningún actor político se anima a hacer un movimiento directo al trono, es necesario tantear delicadamente a algunos miembros del Concejo Privado del Rey, en particular dos ex comandantes militares (uno de ellos ex PM). La prensa puede informar que estas reuniones tuvieron lugar, pero no sale a luz ni una sola palabra sobre el contenido de las mismas.



¿Entonces, qué salió mal?

En cierto sentido es muy fácil anticipar como actuarán los primeros ministros tailandeses. Simplemente hay que ver cuál era su ocupación, y uno sabrá cómo gobernarán. Chuan Leekpai era abogado, nunca pudo ir más allá más de las normas y reglamentos y vivía horrorizado por la barra “extra-legal”. Banharn Silpa-acha era un empresario provincial y dirigió la administración en forma semi cleptocrática pagándole a los socios de la coalición para mantenerlos de su lado, de igual forma acostumbraba comprar contratos públicos. Y toda una pléyade de primeros ministros militares, algunos incluso fueron electos, trataron de dirigir el show ladrando sus órdenes y esperando la obediencia propia de un cuartel militar.


Thaksin es el “director ejecutivo” por excelencia. Su gabinete es un equipo de administradores y el parlamento apenas algo más que una Junta de Directores engorrosa. Las tareas del gobierno deben desarrollarse estableciendo metas y plazos (no importa que tan irreales sean), despidiendo ministros gerentes que no tiene un desempeño adecuado, y declarando éxitos, independientemente que tan cuestionables sean los resultados. No tiene interés en contar con una prensa libre ni con el derecho a saber de la ciudadanía; espera que los medios funcionen como una máquina nacional de relaciones públicas. Las leyes se ven a través de la lente corporativa. Si no gustan, entonces se tuercen todo lo que se pueda, y cuando eso no alcanza para hacer lo que uno quiere, se cambian las reglas de juego.


Los votantes no son ciudadanos con derechos, especialmente el derecho a pensar por sí mismos, sino clientes a ser engatusados, burlados y coimeados para que el partido Thai Rak Thai (Los tailandeses aman a los tailandeses) pueda obtener la máxima participación en el mercado electoral. Cuando Thaksin se lanzó a obtener su puesto con su partido, primero hizo una investigación de mercado. Realizó extensas consultas, incluso entre las ONGs, buscando averiguar qué encontraría más atractivo el tailandés promedio, y se concentró en dos temas que, sin dudas, resultaron ser un éxito para ganar votantes.


Uno es el acceso a la salud. Todos los tailandeses pueden ahora obtener tratamiento médico a un costo de no más de 30 baht por enfermedad (aproximadamente 75 centavos de dólar estadounidense). Esto significa un avance enorme en seguridad humana que ha contribuido genuinamente al bienestar de la sociedad. Lamentablemente, el sistema está muy sub-financiado y en inminente riesgo de colapsar para volver a algo similar al sistema anterior de dos escalones, pero para la mayoría de la gente, éste es un plus gigantesco a favor de Thaksin.


El segundo tema es el endeudamiento. Es la plaga moderna de la Tailandia rural que rápidamente se extiende a las ciudades. Para Thaksin, endeudarse es una forma perfectamente normal de hacer negocios. Al comienzo de su carrera tuvo graves problemas con sus acreedores. Cree honestamente que facilitando el crédito está ayudando a los tailandeses a que sean más prósperos. Por eso su respuesta al problema del endeudamiento funciona en ambos sentidos. Si bien se intentó aliviar la deuda, nunca tuvo realmente efectos, ya que la peor deuda se encuentra en manos de privados. En cambio, la expansión de la deuda ha sido un éxito desenfrenado, independientemente de cuántos banqueros se vayan a dormir cada noche con sus entrecejos fruncidos por la preocupación.


Estos logros y su historia personal neo-feudal juegan un papel muy favorable en una sociedad que tiene muy poca fe en el sistema de derechos y libertades democráticas. Es muy conmovedor que tantos comentaristas esperen que los tailandeses confíen en la democracia cuando ninguna otra institución tailandesa se maneja con principios democráticos. No lo hacen las empresas privadas, tampoco la monstruosa burocracia estatal, ni las escuelas, ni los militares, tampoco los monasterios, ni la mayoría de las familias. Para muchos tailandeses el ejemplo más claro de las dudosas “libertades" de la democracia es el caos del tránsito en Bangkok.


Muchísimo mejor es seguir fervorosamente detrás de las idealizadas reminiscencias de los antiguos dictadores de mano dura que violaban las reglas pero hacían funcionar las cosas. Si Thaksin puede hacer miles de millones para engrosar su fortuna personal, no importa cómo lo haga, obviamente tiene algo y es sabio colgarse de sus solapas, ganar algunos cientos de baht apareciendo en sus manifestaciones usando un sombrero ridículo y esperar más beneficios a lo largo del camino.


Hay sectores de la sociedad descontentos que nunca votarán a favor de Thai Rak Thai: las familias de los asesinados por sospechas de vinculación con las drogas, los granjeros avícolas cuyas aves fueron eliminadas en el mal manejo deshonesto que hizo Thaksin del brote de gripe aviar en el país. Pero se trata de problemas aislados que pueden ser ignorados sin riesgos en una campaña de propaganda política diseñada para las masas que prefieren que "la gente importante" tome las decisiones, mientras ellos se dedican a su lucha diaria por la felicidad, la paz y la seguridad.

La legitimidad plutocrática de Thaksin no tiene relación con ninguna estatura moral. Su estatus profesional se basa en su irreprochable talento natural para amasar su fortuna personal. Su éxito político se mide en 19 millones de votos, tal como les ha recordado reiteradamente a todos. Cree que tiene derecho a gobernar, no porque sea moralmente bueno o sabio (aunque sin duda se considera a sí mismo ejemplar en ambos aspectos), sino porque es un triunfador. Por ejemplo, aunque de vez en cuando “cumple” con las prácticas del budismo, ni remotamente muestra interés en las enseñanzas de esta religión.


Éste es el motivo por el cual la élite intelectual de Tailandia se ha vuelto en su contra. El hombre ha reducido la nación a la condición de una empresa que puede tener una declaración de misión ilusoria pero cuya meta principal es hacer dinero.


¿Y que nos espera después de Thaksin? Casi todos aceptan como algo inevitable la reforma política a través de enmiendas constitucionales. Sin embargo, incluso si esto fuera posible y se pudiera hacer bien, simplemente aumentaría la posibilidad de que exista un buen gobierno. Nunca podrá cerrarle el paso a los malos gobernantes, y éstos abundan en el ambiente de Thaksin.


* Alec Bamford es maestro y escritor. Vive en Tailandia desde hace más de 30 años, trabaja en lingüística, desarrollo comunitario y derechos humanos. Chanida Bamford integra Focus on the Global South.


************************************************



EL CONVENIO NUCLEAR BUSH-MANMOHAN: CRECE LA INSEGURIDAD EN EL SUR DE ASIA Y MÁS ALLÁ

por Varsha Rajan Berry*



La visita a la India y Pakistán del Presidente de Estados Unidos George W. Bush (1 al 4 de marzo) se produjo en un momento en el que está acosado por contradicciones internas en su país, su base de apoyo hace agua y sus políticas son ampliamente resistidas no sólo en Estados Unidos sino en todo el mundo. Un elemento importante de la agenda de la Administración Bush, que busca ganar legitimidad para sus políticas, es sumar aliados y es aquí donde entra en escena una India más que dispuesta. El gobierno de Manmohan Singh está deseoso de ingresar al esquema estadounidense, sin tener en cuenta los principios tradicionales de no alineamiento que han caracterizado hasta el presente la política exterior de su país. Este acuerdo tiene ramificaciones de largo alcance -en el ámbito de la geopolítica, la solidaridad del tercer mundo, el comercio y el desarrollo. Este artículo intenta presentar un análisis de las implicancias en el primero de los aspectos nombrados.


Las falacias de la administración Bush y su agenda hegemónica son bien conocidas. Poco se sabe en cambio, del perceptible vuelco de la India hacia los Estados Unidos.


Los dos partidos políticos más grandes, el Partido del Congreso (INC por sus siglas en inglés) y el Bhartiva Janata (BJP por sus siglas en inglés), piensan, al parecer, que las políticas de la administración Bush coinciden con los intereses de la India a largo plazo. El Primer Ministro Manmohan Singh lo llama “interés propio esclarecido”. Después de que el gobierno de la Alianza Progresista Unida (UPA por sus siglas en inglés) asumiera el gobierno en mayo de 2004, hubo expectativas de que la política exterior tuviera cambios significativos, y en efecto los tuvo, sólo que para peor. El voto de la India en la reunión del Directorio de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA) en noviembre de 2005 es ilustrativo. Enfrentado a posibles sanciones, Irán contaba con que tendría el apoyo activo del bloque de países no alineados. India que solía considerar a Irán un socio estratégico votó junto con Estados Unidos y la Unión Europea. Solamente Egipto exigió que se declarara toda Asia Occidental como "zona libre de armas nucleares”. Los funcionarios indios, por su parte, se hicieron eco de las preocupaciones estadounidenses y declararon que no querían “otra potencia nuclear en las cercanías”.


El BJP ha salido ahora en pleno apoyo al acuerdo nuclear entre India y Estados Unidos y al voto contra Irán en la reunión del AIEA en la primera semana de febrero. El Partido del Congreso (comúnmente conocido como el Congreso) encuentra que este giro hacia una posición pro-estadounidense en la política exterior ¡permitirá lograr algunos éxitos en el corto plazo!


Según algunos informes, la administración Bush ha ofrecido estrechar los vínculos estratégicos bilaterales en el corto plazo. En el mediano plazo, los dos países serán socios en la "guerra contra el terror"; y en el largo plazo, de acuerdo a versiones de funcionarios estadounidenses, India obtendrá el "privilegio" de formar parte de la coalición anti-China propuesta.


Es importante entender la visita de Bush, las protestas y la declaración conjunta en este contexto político. La declaración conjunta de Estados Unidos e India, hecha pública después de la reunión entre el Presidente Bush y el Primer MInistro Singh el 2 de marzo, refleja la aprobación de la India de los principios sobre los cuales se funda la hegemonía estadounidense a nivel mundial.


Los cinco capítulos en los que se divide la declaración son:




El turbio acuerdo nuclear

George W. Bush llegó a la India el 1 de marzo, pero antes de su visita hubo gran actividad. Por ejemplo, en los medios masivos se realizó un bombardeo publicitario sobre la “histórica visita”. Y el séquito de funcionarios estadounidenses, incluyendo el subsecretario de estado Nicholas Burns, trabajó incansablemente para preparar el terreno y garantizar el éxito y la seguridad de la visita.


Más importante todavía que esto, sin embargo, ha sido la sombra de un militarismo nuclear que precedió la visita presidencial. La misión Bush es un verdadero pájaro de mal agüero para el Sur de Asia, y particularmente para India y Pakistán, y nuestros miedos se han vuelto realidad. Se firmó el acuerdo al que se tilda de histórico, y ahora India procederá con un plan que lo separa de los otros países asiáticos, y a poner en práctica los compromisos que se establecen en la declaración de cooperación nuclear del 18 de julio de 2005, que apuntan a la plena cooperación nuclear civil entre el país y los Estados Unidos.


Este acuerdo debe analizarse desde tres ángulos:


(a) La santificación de los arsenales y el debilitamiento del desarme. Esto conducirá al desarrollo de la carrera armamentista en la región, con el consiguiente incremento de la inseguridad del Sur de Asia (los Estados Unidos ya han ofrecido venderle F16 a la India). También se dice que se ha redactado un acuerdo de defensa, que no se está discutiendo en el parlamento ni se conoce en los medios. Este acuerdo tendrá en el futuro, una dimensión nuclear todavía más aterradora, y ni que hablar de sus consecuencias negativas para el proceso de paz entre India y Pakistán. Al gobierno no parece importarle qué significa esto para los millones de personas empobrecidas en la región, pero sí le preocupa a la gente, y esto resulta evidente en las protestas que tuvieron lugar en todo el país ante la visita de Bush. El acuerdo aumentará el resentimiento que existe a nivel mundial contra el doble discurso que utilizan los Estados Unidos y la India, y fomentará la futura proliferación en Irán, Pakistán, Siria y Corea del Norte. No estamos convencidos de que el acuerdo fomente una conducta "responsable" de parte de India, porque una vez que se importen la tecnología y el material nuclear, el país estará en condiciones de destinar sus escasas existencias de uranio a aplicaciones militares.


(b) Otra consecuencia predecible es el desarrollo de una estrecha asociación entre India y Estados Unidos en la cuestión de Irán. La AIEA se está reuniendo nuevamente ahora mismo en Viena y no tenemos una idea clara de la posición de la India al momento de escribir este artículo. También es posible que las derivaciones afecten al oleoducto Irán - Pakistán - India. Esta oferta de cooperación nuclear, especialmente dirigida a la producción de energía, implica sumir la planificación geo-estratégica de la India en un completo desorden, y un futuro incierto para los gasoductos desde Irán y Birmania/Myanmar.


No es coincidencia que Mani Shankar Aiyar, el anterior Ministro de Petróleo, fuera removido de su cartera unas pocas semanas antes de la visita de Bush. Aiyar no sólo estaba determinado a seguir adelante con el gasoducto Irán-Pakistán-India, sino que además tenía la idea de crear una red de oleoductos pan asiática.


(c) la red de oleoductos pan asiática constituía un intento de conectar los campos de petróleo y gas de Kazakhistán en Asia Central e Indonesia en el Sureste de Asia, a las economías de India y China que son grandes consumidoras de energía. Aiyar estuvo hace muy poco tiempo en China y firmó históricos acuerdos entre China e India, no sólo en relación a los requerimientos energéticos, sino además sobre no competencia y propuestas conjuntas de producción y transporte. Todo esto probablemente pasará ahora a segundo plano, ya que el nuevo ministro de petróleo, Murli Deora, se ha expresado en forma cuidadosamente ambivalente sobre el futuro de los emprendimientos de su predecesor. Los Estados Unidos no podían haber pedido más, porque si se creara una red energética pan asiática, se modificaría drásticamente la correlación de fuerzas en lo económico en perjuicio de Estados Unidos y Europa, y a favor de Asia. Se ha perdido una oportunidad de forjar un nuevo frente geopolítico progresista para contrarrestar los designios estadounidenses en la región.


El llamado “acuerdo de seguridad” entre India y Estados Unidos ha creado un sentimiento de gran inseguridad en el Sur de Asia al ofrecerle legitimidad a los dictados de la India como “hermano mayor” de la región. Sin embargo la cercanía entre India y Estados Unidos ha provocado enormes fisuras entre los miembros de la coalición gobernante UPA. Para vergüenza de Manmohan Singh, los partidos de izquierda, que han apoyado desde fuera a su gobierno liderado por el partido el Congreso, organizaron protestas masivas con concurrencias que oscilaron entre 50.000 y 200.000 personas en casi todos los rincones del país. Las organizaciones musulmanas, de los agricultores, los trabajadores y diversas organizaciones y movimientos de la sociedad civil se sumaron a las protestas. Los temas destacados en las manifestaciones y en los discursos fueron la agenda nuclear, el oleoducto Irán-Pakistán-India, y la exigencia de que el gobierno revea su política de alineamiento con los Estados Unidos y trabaje en pos de una real alternativa a los centros de poder de Estados Unidos y Europa. También hubo una condena del contenido y la publicación de las caricaturas danesas.


Esto no ha sido fruto solamente del rechazo al acuerdo India-Estados Unidos, sino también al voto de la India contra Irán en el AIEA, a la política económica reformista pro-libre comercio del gobierno y a la traición de India al resto del mundo en desarrollo en la Conferencia Ministerial de la OMC en Hong Kong.


El gobierno de la UPA ganó las elecciones con una agenda progresista que proponía revertir las políticas del anterior gobierno de derecha del BJP, pero en los últimos 21 meses ha aplicado expeditivamente las políticas más regresivas de sus predecesores. Mientras la crisis de legitimidad de la UPA se profundiza en el ámbito social, político, económico y de la política exterior, está por verse todavía si las fuerzas políticas progresistas lograrán alinearse para forjar un proyecto independiente para el país que permita realinear a la India con el mundo en desarrollo.


La resistencia al gobierno de la UPA crece no sólo entre la izquierda tradicional, sino también en otras expresiones tan diversas como los musulmanes, los agricultores y los trabajadores. Las manifestaciones contra Bush dejaron ver una unidad poco común entre todas estas fuerzas. Es probable que los intentos de Estados Unidos de aumentar su influencia en los asuntos del Sur de Asia tengan como consecuencia un efecto paradójico: la creación de nuevas divisiones y la generación de más violencia en nombre del terror y el contra-terror, pero también el fortalecimiento de una unidad más diversa en el país y en el conjunto de la región.


* Varsha Rajan Berry es investigadora asociada de Focus on the Global South en India.

************************************************



ESTADO DE EMERGENCIA EN FILIPINAS: VUELTA AL FUTURO

por Herbert Docena*



El 23 de febrero, el mismo día en que los filipinos iban a conmemorar el 20 aniversario del levantamiento del "Poder Popular" que terminó con la dictadura de Ferdinand Marcos, se produjo el retorno de una dictadura al estilo Marcos, esta vez en un intento de impedir un nuevo "Poder popular". Ese día, la Presidenta Gloria Macapagal Arroyo declaró el "estado de emergencia nacional" después de frustrar los planes de un grupo de soldados que pretendían traicionarla y unirse a los miles de opositores que se manifestaban en las calles.


Este clímax abortado no es más que el último episodio en una larga crisis política cuyos primeros fogonazos se advirtieron en junio de 2005 cuando se hicieron públicas grabaciones que al parecer probaban el fraude de Arroyo en las elecciones de 2004. Desde entonces, los llamados a su renuncia o su derrocamiento se han hecho sentir cada vez con más fuerza. En franco desafío a las restricciones impuestas por el gobierno, las manifestaciones opositoras han ganado las calles semana tras semana, y en algunos momentos todos los días. Se ha venido hilando una y otra vez una envolvente urdimbre de alianzas contra la Presidenta, todas con distintas configuraciones ideológicas.


Si bien esta última crisis en un inicio sólo tenía que ver con la supervivencia política de Arroyo, actualmente se está transformado en algo mucho más grande que el simple rechazo a la Presidenta. La salida a la luz del escándalo de las grabaciones pudo haber sido fácil de contener en sus primeras etapas, pero la confluencia de una serie de acontecimientos determinó que se entrara en un callejón sin salida que ha polarizado a las fuerzas políticas filipinas. El destino de Arroyo ahora es algo secundario. Por debajo de los planes de golpe de estado juegan las sombras, y las cambiantes alianzas en los días y semanas por venir no son más que una prolongación de la vieja lucha por el poder en Filipinas.



La democracia “light”

Después de la caída de Ferdinand Marcos en 1986, las élites conservadoras que gobiernan el país, ayudadas por los Estados Unidos, se movieron con rapidez para reinstalar el sistema político anterior a la dictadura que desde los tiempos de la colonia les había permitido asegurar firmemente su dominio económico sobre la sociedad.


Alertados por las lecciones de la dictadura de Marcos, y viendo que el autoritarismo no era necesariamente el método más efectivo para mantener su control colectivo del poder, los dirigentes de la élite restauraron las libertades civiles, pero restringieron la democracia a la simple contienda electoral que –en tanto la distribución de las riquezas y el poder en Filipinas está momificada- siguió estando estructuralmente sesgada a su favor.


Denominado por los académicos con distintos términos, "democracia de baja intensidad", "democracia limitada" o "poliarquía", el consenso posterior a 1986 se transformó en el punto central de la estabilidad, y al mismo tiempo, en la fuente de legitimidad de las élites gobernantes filipinas.


A través de las elecciones, las distintas facciones de la élite fueron capaces de administrar su competencia interna, y a la vez eludir a los elementos externos que no contaban con los recursos necesarios para oponérseles en las urnas. Aquellos que ganaron las elecciones fueron capaces de imponer obediencia a las masas -no por la fuerza como en una dictadura, sino recordándoles que ellos (los líderes) eran los elegidos por el pueblo.


Habiendo dominado al estado a través del proceso electoral, las élites gobernantes han enfrentado la oposición a su gobierno combatiendo con éxito las persistentes demandas de redistribución del poder, las riquezas y las oportunidades económicas.


He aquí una medida que da una idea general de la desigualdad arraigada en el país: al comienzo del primer levantamiento del "poder popular" en 1985, el 10% más rico de la población se adueñaba del 37% de los ingresos de la nación; el 20% más pobre apenas accedía a un 5%. Veinte años después, a juzgar por los últimos datos oficiales disponibles, el 10% más rico todavía controla el 36% -más de un tercio- de la “torta” nacional, mientras que al 20% más pobre le toca apenas una migaja del 5%.



Cuestionado desde afuera, derrumbándose en el interior

A pesar de sus fortalezas, también la inestabilidad ha sido una característica inherente al sistema político post-1986.


Por alguna razón, las masas no pudieron ser contentadas simplemente con las elecciones; también querían tener un plato de comida sobre la mesa, un techo para abrigarse, un trabajo para ganarse la vida – cosas que el orden político post-1986 no ha podido ofrecerle a la gran mayoría de filipinos. Veinte años después del levantamiento del "poder popular", el 57% de los filipinos se siguen considerando pobres -un porcentaje ligeramente mayor que el 55% que se consideraba a sí mismo pobre en 1983. El desempleo ronda el 20% y unos 2000 filipinos abandonan el país diariamente para trabajar en el exterior. Está claro que el crecimiento económico no se ha permeado hacia la base de la pirámide, a pesar de todas las promesas de la globalización.


Este fracaso evidente en mejorar el nivel de vida de millones de filipinos –más que cualquier acusación de fraude o corrupción – ha erosionado considerablemente la legitimidad del orden político. Por otra parte, incluso cuando es el propio sistema el que amplía el rango de los excluidos y atiza el resentimiento, también ha tenido que ampliar las libertades, que a su vez han fortalecido los movimientos que llaman a desarrollar una democracia sustantiva –por oposición a la de “baja intensidad”. La apertura permitida por la democracia “light”, es irónicamente la que da cuenta de la continuidad del vigor de la izquierda en el país.


Cada vez más hostigadas por los actores políticos de la periferia, las élites políticas sufren además crecientes problemas a raíz de sus propias divisiones internas. Históricamente, la estabilidad interna dependía de lograr un consenso en torno a colocar los intereses colectivos de las élites por sobre los intereses estrechos de facciones particulares. Sin embargo, esto no es lo que ha venido pasando en los últimos tiempos.


En enero de 2001, las facciones de las élites desplazadas por la presidencia de Joseph Estrada se aferraron con furia generalizada a la acusación de corrupción en su gobierno, y se lanzaron a obtener el poder montadas en la ola de un nuevo levantamiento del tipo poder popular.


Acusada de manipular las elecciones de 2004 –y por haber sido tan descuidada como para ser pescada in fraganti en conversaciones privadas con funcionarios electorales que se suponían neutrales- Arroyo atrajo la ira de sus compadres dirigentes. Las otras facciones de la élite, por su parte, se han aferrado al tema del escándalo y ahora intentan voltear su presidencia. Sin embargo, la actitud de Arroyo de mantenerse a toda costa en su posición, ha tensado aún más los límites y las contradicciones del orden político establecido.



El frente dividido

El consenso político post-1986 está ahora bajo una presión sin precedentes. Debilitado por las disputas internas, el frente otrora unitario de las élites gobernantes se está desmoronando rápidamente. Con muy pocos avances económicos para mostrar en las últimas dos décadas, el gobierno encuentra dificultades para conseguir el apoyo de la clase media y las clases bajas. Es en este contexto más amplio que se desenvuelve la crisis política actual.


Debajo de la confusa telaraña de coaliciones y alianzas entre familias poderosas, políticos, facciones militares, grupos religiosos y organizaciones de la sociedad civil, la división política fundamental en Filipinas hoy es entre los que quieren preservar su posición de dominio en la sociedad y los que quieren desplazarlos. Superpuesta a esta polarización está la divergencia entre los que quieren salvar el sistema post-1986 y los que quieren desmantelarlo.


El problema de aquellos que quieren seguir prendidos al poder, sin embargo, es que las soluciones que han propuesto para la crisis actual han sido todas callejones sin salida.


Para desviar la atención de los reclamos de su dimisión, Arroyo ha estado impulsando revisiones de la constitución que, entre otras recomendaciones, proponen cambiar el sistema de gobierno de presidencial a parlamentario, lo que según los críticos podría incluso hacerlo más fácilmente manejable para las élites. La clase gobernante está preocupada por el poder que las elecciones presidenciales directas confieren a las masas, como lo demostrara la elección de Estrada –que, aunque era miembro de la clase gobernante, apeló a los pobres avivando sus resentimientos de clase, y, claramente, no fue ungido por las élites tradicionales.

No obstante, la solución constitucional propuesta por Arroyo no ha ganado apoyo político, y es improbable que logre superar la gran oposición que concita. Enfrentada con amenazas provenientes tanto de las otras facciones de élite como de la izquierda, Arroyo ha recurrido a medidas autoritarias, debilitando aún más el sistema de “democracia limitada” post-1986. La reimposición de lo que equivale a una ley marcial mediante la reciente declaración de “estado de emergencia”, y otras actitudes autoritarias señalan la voluntad del gobierno de Arroyo de recurrir a la fuerza cuando todo lo demás falla. [El estado de emergencia fue impuesto el 23 de febrero y levantado el 3 de marzo]


Asimismo, las facciones anti-Arroyo que también luchan para salvar el orden político actual, tampoco han acertado en sus intentos. Con el apoyo del electorado de derecha y centro, y de aquellos que se inclinan a la centro-izquierda, este agrupamiento político tan heterogéneo está representado por los Aquino [la dinastía familiar política simbolizada por Corazón Aquino, que fuera presidenta después de Marcos], la jerarquía católica, y la clase empresarial, e incluye además a social liberales y demócratas.


La mayoría de ellos se han juntado bajo las banderas del llamado Movimiento Blanco y Negro. Al comienzo, promovían la adhesión estricta al orden constitucional e inicialmente llamaban a que el Vicepresidente Noli de Castro reemplazara como sucesor a la presidenta. Sin embargo, esta propuesta ha sido dejada de lado porque de Castro sigue apoyando a Arroyo, y porque incluso en sus propias filas se lo considera un peso liviano que no garantizaría una defensa competente de sus intereses.


Más adelante apoyaron los procedimientos para la censura de la presidenta el año pasado. Después de que esta movida fuera bloqueada por los legisladores leales a Arroyo, que todavía dominan el Congreso, algunos comenzaron a promover la realización de elecciones especiales. En pocas palabras, la continuidad del sistema de democracia electoral post-1986, pero sin Arroyo en el timón.



En transición

Del otro lado de esta división aguda están los que buscan desmantelar completamente el sistema. Aunque tienen distintas motivaciones, tácticas y alternativas políticas, han llegado a una conclusión compartida: sus soluciones exigirán una intervención extra-constitucional y no estarán sujetas a los parámetros del sistema político post-1986.


En uno de los extremos de este espectro están los que sienten que no se puede confiar en la llamada "democracia limitada" para la preservación del orden, porque la apertura solamente ha servido a los llamados “comunistas” y a las élites corruptas. En este campo encontramos facciones civiles y militares de derecha que pretenden establecer una junta militar o cívico-militar, así como facciones pertenecientes al gobierno de Arroyo que promueven medidas represivas más allá de las que admite formalmente la llamada democracia de “baja intensidad”.


Otro punto en este continuo es la alianza táctica entre los grupos de oposición de la élite anti-Arroyo, en su mayoría grupos de derecha ligados a Estrada, pero donde también están algunas personalidades muy conocidas con antecedentes de izquierda, algunos de ellos asociados al Partido Comunista de Filipinas (CPP). Agrupados en el Movimiento Solidaridad, convocan a crear un "consejo de transición” que estaría compuesto por los políticos de la oposición y algunos líderes del partido.


Los políticos aparentemente ven esto como una forma de recuperar el poder y restaurar la democracia de élite bajo su mando. El CPP, por su parte, presumiblemente lo considera una oportunidad para infiltrarse en las más altas jerarquías del estado, incluso mientras sigue implementando su estrategia militar de cercar las ciudades separándolas del campo y tomando el poder a través de la insurrección armada.


Bajo la bandera de la izquierda también se encuentra la coalición Laban ng Masa (Lucha de las masas). Convocan a crear un “gobierno revolucionario de transición” (GRT) -donde no participen las fuerzas de la élite conservadora. Esta coalición paraguas reúne un grupo de fuerzas políticas de izquierda muy diverso: leninistas junto a movimientos sociales autónomos y organizaciones no gubernamentales, maoístas junto a formaciones de partidos de izquierda que no consideran la toma del estado como la prioridad, socialistas, liberales de izquierda, verdes y otros.


La mayoría de los bloques políticos que componen la coalición se separaron del CPP en la década de 1990, y éste es el nivel de unidad táctica y política más alto que han logrado desde entonces.


De acuerdo a la coalición, el objetivo del GRT es instituir cambios económicos y políticos que hasta ahora han sido resistidos por las élites, tales como la reforma agraria y la revisión de las políticas económicas neoliberales, como las privatizaciones y el libre comercio. Luego, una vez que se cumplan sus condiciones, se retomarían las elecciones..



La aprobación de Estados Unidos”

Mientras los diferentes grupos y facciones luchan por el poder, la Embajada de los Estados Unidos se ha transformado en un destino muy popular. "Lo que todos están tratando de hacer", declaró en confianza uno de los secretarios del gabinete que renunciara recientemente para unirse al movimiento anti-Arroyo, "es conseguir la aprobación de Estados Unidos”. Ni siquiera el gobierno se hace ilusiones respecto a lo que puede hacer la embajada: "Si los estadounidenses deciden retirarle el apoyo a la presidenta de Filipinas, se derrumba", reconocía el ex-jefe de personal del presidente, Rigoberto Tiglao. [1]


Esto ha sido corroborado históricamente. Filipinas fue una colonia estadounidense hasta 1946, pero incluso después de ese año, Washington ha intervenido regularmente en su política financiando candidatos y grupos de su preferencia, conduciendo grandes operaciones encubiertas, y ayudando a la realización de elecciones montadas de antemano.


En 1950, en un documento del Consejo de Seguridad Nacional de los Estados Unidos se establecía que entre las metas de los Estados Unidos en el país estaba el mantener "un gobierno eficiente que preserve y refuerce la orientación pro estadounidense". En 1972, los Estados Unidos apoyaron una declaración de ley marcial debido a que, según lo expresara un senador estadounidense, “las bases militares y un gobierno de confianza en Filipinas son más importantes que la preservación de las instituciones democráticas”.


Cuando finalmente Marcos dejó de ser un "activo" político para pasar a ser un "pasivo" para los Estados Unidos, Washington inmediatamente transfirió su apoyo a las facciones anti-Marcos de la élite, buscando unificarlas, y asegurar que sus convocatorias se dirigieran al movimiento anti-dictadura.


Todas estas estrategias resultaron cruciales para garantizar que el resultado del poder popular no fuera perjudicial para los intereses estadounidenses. Qué tan bien está jugando su mano en esta crisis Estados Unidos posiblemente no se sepa en años. Sin embargo, desde que comenzó la crisis, los funcionarios estadounidenses han declarado reiteradamente que se oponen a que se repita otra instancia de "poder popular”.



Cansados pero más sabios

A menos que Arroyo renuncie voluntariamente o se avenga a los planes de las contra-élites para preservar el orden político actual, la mayoría de los grupos que buscan derrocar a la presidenta sigue promoviendo otro levantamiento del tipo del "poder popular" para forzar la transición política. Si el resultado de un nuevo levantamiento popular es la realización de elecciones anticipadas, la creación de un consejo de transición o de un gobierno revolucionario de transición, todavía no está claro. Hasta ahora, los dos elementos críticos de los levantamientos exitosos del pasado están todavía aparentemente ausentes: el apoyo del ejército y cientos de miles de personas en las calles.


En el ejército se aprecian grietas. El gobierno puede haber frustrado los últimos intentos de golpe de estado de algunas facciones militares, pero no ha puesto punto final a la inquietud en los cuarteles.


Y las fisuras en la sociedad se reflejan cada vez más en la cadena de mando. Se informa que está surgiendo un bloque nacionalista, y según algunos progresista, compuesto mayoritariamente por oficiales jóvenes. Pero al igual que fuera de los cuarteles, los militares se dividen entre los que están comprometidos con la defensa del orden político existente y aquellos que quieren reconstruirlo. La pregunta es, ¿quién golpeará primero y quién quedará en pie?

Hasta ahora, la única fuerza política que ha sido capaz de llenar las calles en forma sostenida, aunque a escala limitada, es la izquierda organizada. Algunos analistas atribuyen el rechazo del público a sumarse a estas manifestaciones, a lo que llaman “fatiga del poder popular”, y consideran esto como una aprobación implícita a Arroyo y al régimen político existente.


La otra explicación, sin embargo, es que la gente no está cansada, simplemente es más sabia. Han visto que los levantamientos anteriores solamente condujeron a reemplazar una facción de la élite por otra, y han sido testigos de que no ha habido ningún cambio real en su bienestar económico, y es posible que estén reacios a apoyar una nueva vuelta del carrusel de los de arriba. Si esto es así, entonces simplemente están esperando por la razón justa y el momento justo para salir.


Nota 1. Raymond Bonner y Carlos H Conde, "In Manila, US drawn into fight", New York Times, 23 de Julio de 2005.


* Herbert Docena es investigador asociado a Focus on the Global South, una organización de investigación. Una versión de este artículo fue publicada originalmente en Asia Times Online, 3 de marzo, 2006.


************************************************



MILITARES RADICALES EN VENEZUELA: ¿CUÁL ES SU RELEVANCIA PARA EL RESTO DE LOS PAÍSES EN DESARROLLO?

por Walden Bello*


Un ejército del pueblo”

Por primera vez tomé conciencia de que algo interesante e inusual estaba pasando en Venezuela cuando, ante un sarcástico comentario sobre la realización de una reunión contra la guerra en una base de la fuerza aérea en el marco del Foro Social Mundial de 2006, un integrante de la audiencia se levantó, y en el mejor estilo pedagógico nos dijo a los extranjeros, “Vean, lo que tenemos aquí en Venezuela no es un ejército regular, sino un ejército del pueblo”.


Venezuela está atravesando, si no una revolución, un proceso de cambio radical, y las fuerzas armadas están precisamente en el centro del proceso. ¿Cómo es posible que esto suceda, se preguntan muchos escépticos, cuando, especialmente en Latinoamérica, los militares son en general agentes del status quo? Otros, menos escépticos preguntan: ¿Venezuela es la excepción, o es la ola del futuro?


Se han planteado muchas explicaciones sobre la conducta del ejército venezolano. Para Edgardo Lander, un connotado politólogo venezolano, una razón podría ser que en comparación con otros ejércitos latinoamericanos, el una proporción mucho mayor de “gente de origen humilde en el cuerpo de oficiales venezolano”. A diferencia de otros países latinoamericanos, sostiene Lander, "aquí las clases altas han visto con desprecio la carrera militar“.


Richard Gott, un especialista de primera línea en los temas de la izquierda americana, agrega otro factor: la mezcla de oficiales y civiles en el sistema educativo del país. "A comienzos de los años setenta, bajo un programa de gobierno conocido como el Plan Andrés Bello, un número significativo de oficiales del ejército fue enviado a las universidades, y allí, estudiando, por ejemplo, economía o ciencias políticas, se codeaban con otros estudiantes".


Esta “inmersión” en la vida civil tuvo consecuencias decisivas. Uno, los oficiales estuvieron expuestos a las ideas progresistas, en un momento en que "la izquierda dominaba las universidades". Dos, la integración del cuerpo de oficiales con la sociedad civil tuvo mayor profundidad que en la mayoría de los demás países de Latinoamérica.


Según Gott, otro elemento que probablemente jugó un papel crítico fue que, por algún motivo, Venezuela mandó al parecer muchos menos oficiales a la Escuela de las Américas del Ejército de Estados Unidos en Fort Benning, Georgia, que la mayoría de los países latinoamericanos. Esta escuela es el principal centro de entrenamiento en contrainsurgencia de las fuerzas militares del hemisferio occidental.


Ahora bien, estas condiciones, pueden haber contribuido a que el Ejército venezolano sea menos reaccionario que otros en América Latina, pero no explican por qué se transformó en una de las puntas de lanza de lo que hoy es la transformación social más radical que está teniendo lugar en el hemisferio. Gott, Lander y otros especialistas en Venezuela coinciden en algo: el papel absolutamente central de Hugo Chávez.



El factor Chávez

Chávez es muchas cosas a la vez: una figura carismática, un gran orador, un hombre que despliega su juego político a nivel local, regional y global con gran habilidad y vigor. Es además un hombre del ejército que reverencia la institución militar como la institución que, bajo el mando de Simón Bolívar, liberó a Venezuela y buena parte de América Latina del yugo colonial español; y alguien que actúa con el convencimiento de que está destinado a jugar un papel decisivo en la transformación social de Venezuela.


Chávez, según él mismo lo cuenta, ingresó en el ejército porque sería un trampolín para poder jugar profesionalmente al béisbol. Sin embargo, cualquiera haya sido su motivación inicial, su incorporación se produjo en un momento de gran flujo institucional. El ejército de los años setenta, estaba dedicado a las operaciones contra la guerrilla al mismo tiempo que sus oficiales entraban en contacto con las ideas progresistas en la universidad gracias al Plan Andrés Bello, y muchos de ellos eran reclutados por grupos de izquierda para integrarse a grupos de discusión clandestinos.


En lugar de transformarse en una estrella del béisbol, Chávez se convirtió en un popular instructor de Historia de la Academia Militar de Venezuela, al tiempo que avanzaba en la cadena de mando. Cuando no estaba cumpliendo con sus tareas oficiales, se dedicaba a conformar un agrupamiento clandestino de jóvenes oficiales idealistas que pensaban como él, llamado el Movimiento Revolucionario Bolivariano. Desilusionados de lo que consideraban un sistema democrático disfuncional, dominado por partidos corruptos –Acción Democrática y COPEI- que se alternaban en el poder, estos jóvenes militares evolucionaron de un círculo de estudio a una conspiración en la que incubaron las ideas para un golpe de estado que, según pensaban, inauguraría un período de renovación nacional.


Tal como lo expone Richard Gott en su libro magistral “Hugo Chávez and the Bolivarian Revolution” (Hugo Chávez y la Revolución Bolivariana), los preparativos de Chávez fueron sobrepasados por el "Caracazo" de 1989, un cataclismo social que se originó en una abrupta suba en los precios del transporte generada por las presiones del Fondo Monetario Internacional. Durante unos tres días, miles de pobladores pobres de la ciudad provenientes de los ranchos y los cinturones en las colinas que rodean Caracas, descendieron al centro de la ciudad y a los barrios ricos para saquear y amotinarse, en lo que fue una guerra de clases mal disfrazada. El caracazo quedó grabado a fuego en las mentes de muchos jóvenes oficiales. No sólo les reveló cómo la vasta mayoría de la población se había desencantado profundamente del sistema de la democracia liberal, sino que hizo también que muchos sintieran la amargura de estar ubicados en la posición de tener que dar la orden de balear a centenares de pobres para defender ese mismo sistema.


Cuando Chávez recibió la comandancia del regimiento de paracaidistas casi tres años después, él y sus compañeros de conspiración sintieron que era el momento indicado para el golpe largamente planificado. El intento fracasó, pero catapultó a Chávez a la fama a los ojos de muchos venezolanos ... y a la notoriedad a los ojos de la élite. Chávez apareció en la televisión nacional para pedir a las unidades participantes que depusieran sus armas, y, según Gott, ese “minuto al aire, en un momento de desastre personal, lo transformó en alguien que fue visto como potencial salvador del país". Chávez asumió plena responsabilidad por el fracaso del golpe pero electrificó a la nación cuando declaró que "volverán a surgir nuevas posibilidades".


Chávez fue encarcelado, y casi inmediatamente después de su liberación comenzó su campaña por la presidencia. Estaba determinado a conseguir lo que no había podido lograr con el golpe, ahora por medios constitucionales. Aunque ya había dejado el ejército, continuaba en estrecho contacto con sus compañeros oficiales y con la tropa, entre los que contaba con una gran popularidad. En 1998, cuando finalmente ganó la presidencia por un amplio margen, no resultó sorprendente que designara oficiales militares de su confianza para ocupar la dirección de las agencias claves del gobierno. Más importante todavía, Chávez condujo al ejército a desempeñar un papel fundamental como instrumento institucional clave del cambio que estaba desatando en el país. El terrible desastre producido por las lluvias torrenciales de 1999 le proporcionó una oportunidad para desplegar al ejército en su nuevo rol, y las unidades militares se movilizaron creando y haciendo funcionar comedores y construyendo viviendas en terrenos militares para miles de refugiados. Se puso en marcha una campaña cívico militar y las unidades de ingeniería se pusieron al servicio del nuevo plan de gobierno para crear "establecimientos agro-industriales sustentables" en distintas partes del país. También se habilitaron los hospitales militares para atender a los pobres.



La transformación del ejército: problemas y oportunidades

La participación del ejército en un programa de cambio radical no fue vista sin embargo positivamente en todos los ámbitos de las fuerzas armadas. En realidad, muchos generales estaban resentidos con el ex-coronel populista y, cuando el proceso se aceleró, en tanto Chávez se movía para instrumentar la reforma agraria y asumir el control directo de la industria del petróleo, estos elementos, en conjunto con los propietarios de los diarios, la élite y la clase ociosa, comenzaron una conspiración para derrocarlo por la fuerza.


Después de una serie de confrontaciones violentas entre la oposición y los chavistas en las calles de Caracas, un golpe puesto en marcha por una serie de generales de alto rango, incluyendo el comandante en jefe de las fuerzas armadas, el jefe del estado mayor, y el comandante en jefe del ejército, tuvo éxito en derrocar a Chávez el 11 de abril de 2002. Sin embargo, la mayoría de lo oficiales con mando de tropa y la mayoría de los oficiales jóvenes permanecieron leales a Chávez o se mantuvieron neutrales, y cuando miles de pobres descendieron de las colinas hacia Caracas para exigir la liberación de Chávez, los militares leales lanzaron un contra-golpe, arrestaron a los conspiradores y restauraron a Chávez en el poder.


El intento de golpe frustrado fue una bendición en al menos un aspecto: le dio a Chávez la oportunidad de completar la transformación de las fuerzas armadas. Unos 100 generales y oficiales del más alto rango fueron pasados a retiro por traición, y los puestos clave en el alto mando pasaron a manos de militares leales a Chávez y la Revolución Bolivariana. La purga probablemente privó a Estados Unidos, que había apoyado el golpe, de sus sostenes clave en el ejército venezolano.


El proyecto de Chávez, que ahora él define como un movimiento hacia el “socialismo”, se basa en el enorme apoyo que tiene entre los pobres de la ciudad y el campo. Sin embargo, el ejército es la única institución organizada con la que cuenta Chávez para realizar los cambios. La prensa le es hostil. También la jerarquía de la Iglesia. La burocracia es lenta y está plagada de corrupción. Los partidos políticos están desacreditados, y el propio Chávez está a la cabeza de los ataques en su contra, prefiriendo mantener a sus seguidores organizados como un movimiento de masas poco estructurado.


Dada la centralidad de las fuerzas armadas como institución de la reforma, Chávez ha creado un ejército auxiliar urbano o de reservistas para que apoyen al ejército regular. Originalmente conocidos como los "círculos bolivarianos”, esta fuerza de reserva, que se proyecta a un número que podría ser de un millón de personas, se ha vuelto instrumental en la organización y realización efectiva de los programas sociales en los asentamientos marginales. Estos auxiliares también participan actualmente, en conjunto con la Guardia Nacional, en la expropiación de las tierras de propiedad privada que se realiza en el acelerado proceso de reforma agraria.



Escepticismo en algunos lugares

Considerando su papel central en la Revolución Bolivariana, muchos observadores se preguntan lo siguiente: ¿estarán las fuerzas armadas a la altura de los acontecimientos?


Para Chávez, según el analista político Lander, las fuerzas armadas son confiables porque no son corruptas y son más eficientes que otras instituciones a la hora de obtener resultados. Lander lo cuestiona. “No creo que haya nada inherente en la institución militar que la haga de alguna forma menos susceptible a la corrupción que otras instituciones”. En cuanto a la eficiencia militar, dice, es mitad cierta. "Sí, los militares pueden ser eficientes cuando se trata de resolver problemas inmediatos como la construcción de escuelas u hospitales a cargo de médicos cubanos. Pero no son una solución a largo plazo. Es necesario institucionalizar estas soluciones, y es ahí donde está la debilidad de esta revolución. Hay una proliferación de soluciones ad hoc que se mantienen ad hoc”.


Sin embargo, no hay duda de que entre Chávez y su generación de oficiales hay un fervor reformista que alimentará a la revolución durante algún tiempo por venir. Este fervor nace de un enorme sentido de frustración, que Chávez expresó a Gott en una entrevista hace unos pocos años: "Durante muchos años los militares venezolanos fueron eunucos: no se nos permitía hablar, teníamos que mirar en silencio mientras veíamos el desastre causado por gobiernos corruptos e incompetentes. Nuestros oficiales en jefe robaban, nuestras tropas no comían casi nada, y teníamos que mantener una disciplina estricta. Pero ¿qué clase de disciplina es esa? Se nos hacía cómplices del desastre”.



¿Un modelo para otros países?

Los sentimientos expresados por Chávez en el párrafo anterior probablemente resonarían en muchos oficiales jóvenes de muchos ejércitos en otros países del Tercer Mundo. Lo que nos plantea la siguiente pregunta: ¿Cuáles son las lecciones de la experiencia venezolana para otras sociedades en el Sur? Más específicamente ¿es replicable la experiencia venezolana?


En vez de hacer comparaciones amplias, quizá sería más inteligente tomar por ejemplo un ejército que hoy atraviesa una situación de aguda confusión y descontento, muy parecida a la que vivía el ejército venezolano a fines de la década de 1980: el ejército filipino. La inquietud en las fuerzas armadas filipinas responde a la existencia de una crisis similar a la que atravesaba la sociedad Venezolana en aquel período: una profunda crisis de las instituciones democráticas liberales corruptas.


¿Se puede replicar la experiencia venezolana en las Filipinas?


La respuesta probablemente es un cauto no.


Primero que nada, a diferencia del ejército venezolano, el filipino no tiene una tradición nacionalista revolucionaria. No es descendiente directo de los Katipuneros y el Ejército de la Revolución Filipina de 1896-99. Fue formado por Estados Unidos luego de la “pacificación” del país, inicialmente para actuar como fuerza auxiliar para apoyar la ocupación de las tropas estadounidenses, luego para mantener el orden público durante el período colonial, y finalmente para respaldar a las fuerzas estadounidenses en su lucha contra los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial. Desde que se otorgó la independencia de Filipinas en 1946, las Fuerzas Armadas Filipinas han mantenido lazos muy estrechos con el ejército estadounidense a través de programas de asistencia y entrenamiento.


Esa
relación con Estados Unidos hace que probablemente la experiencia militar filipina sea más típica que la de sus pares venezolanos.


En segundo lugar, el ejército Filipino no tuvo un equivalente del Plan Andrés Bello, que le permitió a los militares estar sistemáticamente inmersos en el sistema de educación civil y consistentemente expuestos no sólo a los últimos conceptos técnicos y de gestión, sino también a las ideas y movimientos progresistas. Pero incluso si hubiera habido dicho sistema, la hegemonía ideológica de la economía neoliberal en las universidades filipinas desde los noventa hasta ahora, probablemente habría vuelto nulos los efectos positivos de la inmersión.


En tercer lugar, en Venezuela, los militares mantenían una relación ambivalente con la izquierda política, por un lado la enfrentaban en su lucha contra las guerrillas, por el otro, absorbían sus ideas y propuestas de cambio. En las Filipinas, en cambio, los militares ven al Nuevo Ejército del Pueblo, al cual han combatido durante casi 30 años, como su enemigo mortal, tanto desde el punto de vista institucional como ideológico. No es de sorprenderse que si bien periódicamente surgen grupos como RAM (Movimiento para la Reforma de las Fuerzas Armadas) o Magdalo, sus programas han tenido poco contenido social y nacional, su agenda se ha limitado a llegar al poder y poner a los militares al mando de la sociedad para purgar la corrupción de los políticos civiles. El análisis de clase, el imperialismo y la reforma agraria, son conceptos que la mayoría de los oficiales ven como pertenecientes al paradigma de una fuerza militar rival.


Por último, si hay un ejército que está absolutamente permeado por las relaciones sociales dominantes de la sociedad civil, ése es el filipino. Desde sus máximas jerarquías hasta sus tropas, está inmerso en una red de relaciones patrón-cliente con las élites locales y nacionales. Las élites civiles que compiten han cultivado y manipulado sus facciones dentro de las fuerzas armadas Incluso los grupos militares reformistas a menudo han terminado en relaciones de dependencia enfermizas con las élites políticas y económicas tradicionales. La relación de padrinazgo entre el político tradicional Juan Ponce Enrile y el militar rebelde Gringo Honasan por ejemplo, fue probablemente el factor clave que impidió que el RAM se transformara en una fuerza verdaderamente autónoma y progresista.


Pero si la historia tiene una condición, es la de ser abierta. Es posible todavía que los militares filipinos sean capaces de sorprendernos. Y esto también podría suceder con las fuerzas armadas en otros países. Después de todo, un observador de los círculos de las fuerzas armadas venezolanas a fines de los años ochenta probablemente habría apostado que, con esos cuadros jerárquicos corruptos tan ligados al ejército estadounidense, esa institución seguiría siendo un fiel instrumento del status quo en los años por venir.


*Walden Bello es profesor de sociología de la Universidad de las Filipinas (Diliman) y director ejecutivo del instituto de investigación Focus on the Global South con sede en Bangkok. Recientemente visitó Venezuela.


*************************************************



LAS TROPAS ESTADOUNIDENSES EN SULU: ¿VOLVIÓ LA BRIGADA WOOD?

por Herbert Docena*



Con apenas 700 metros de altura, la montaña llamada Bud Dahu se yergue amenazante en el interior de la isla como una memoria distante, visible desde prácticamente todo el territorio de la isla de Sulu en el sur de Filipinas. El pico Bud Dahu, que fuera en algún tiempo un volcán activo, hoy está superpoblado de árboles gigantes de guayabas, mangos y otras frutas tropicales, que apenas dejan ver el cielo; las cañas de bambú, los helechos y los matorrales han invadido cada pulgada de este suelo extremadamente fértil; la vegetación es tan exuberante y cerrada que se torna casi imposible atravesarlo de un lado al otro. Parecería que la naturaleza ha estado intentando dar lo mejor de sí para ocultar el pasado que yace debajo del follaje.


Es poco probable que los soldados estadounidenses hagan una visita al pico Bud Dahu. Este mes, unos 250 soldados más se unieron a un número indeterminado de marines que están en la isla desde febrero del año pasado. Forman parte de los más de 5.500 soldados estadounidenses integrantes del último contingente que Estados Unidos ha mandado a Filipinas en su sistemático e ininterrumpido despliegue de tropas en el país desde el comienzo de la guerra global “contra el terror” lanzada después del 11 de septiembre de 2001


No está claro a qué vienen a Sulu. El presidente George Bush ha declarado que las Filipinas, junto con Irak y Afganistán, constituyen un frente en la Guerra contra el terror” y otros oficiales estadounidenses han llamado al país reiteradamente “un tipo de Afganistán oriental” En realidad, se dice que es en las montañas de Sulu donde se ha refugiado el remanente del grupo Abu Sayyaf, al que Washington ha etiquetado de organización terrorista con supuestos vínculos con al-Qaeda. El Abu Sayyaf -que en opinión de la población local, más que una rama de la red "del terrorismo islámico global" es un agrupamiento extremista de un movimiento secesionista local- a pesar de estar aislado y diezmado, sigue siendo “por lejos el grupo más peligroso en Filipinas” al decir del Asesor de Seguridad Nacional Norberto Gonzáles


Pero el gobierno Filipino y los militares lo explican como si el hecho de que las tropas estadounidenses vengan al lugar donde está el Abu Sayyaf fuera una simple coincidencia. Según los pronunciamientos oficiales, las tropas estadounidenses solamente vienen a ayudar: a entrenar a los soldados filipinos, realizar misiones médicas, construir escuelas, e incluso ofrecer servicios veterinarios para las mascotas. A pesar de que han sido enviadas a zonas de conflicto reales, con enemigos vivos reales a los que tienen autorización de dispararle en caso de ser atacadas, las tropas estadounidenses no han venido a hacer lo que hacen los soldados: combatir.


Y sin embargo, en Sulu, la gente con la que hablamos denuncia que es precisamente eso lo que hacen los estadounidenses –y no contra el Abu Sayyaf, sino contra el Frente de Liberación Nacional Moro (MNLF por sus siglas en inglés), el movimiento separatista que todavía conserva una gran popularidad y apoyo, y que en 1996 llegara a un acuerdo de paz a cambio de la autonomía de la isla bajo el gobierno central.


La presunta participación en combate de las tropas estadounidenses tuvo lugar en noviembre del año pasado, cuando las fuerzas armadas filipinas lanzaron una ofensiva contra enemigos a los que etiquetaron como miembros del Abu Sayyaf. Sin embargo, los bombardeos (con bombas de 1000 libras) cayeron sobre quienes reclaman ser en realidad miembros del MNLF y no tener nada que ver con el Abu Sayyaf.


Los testigos sostienen que en el medio de la acción las tropas estadounidenses estaban en la vecindad de la zona de combate, que marchaban junto a los soldados filipinos en sus camiones ayudando a lanzar las bombas, desactivando minas y operando aviones espías. Cuatro soldados estadounidenses murieron según las denuncias, aunque no es posible corroborarlo con fuentes independientes, a menos que Estados Unidos presente una lista completa y sin censuras de todas las bajas.


Los militares estadounidenses y filipinos no niegan haber estado presentes en Sulu cuando sucedieron los combates, pero sí niegan que estuvieran haciendo algo efectivamente relacionado con el combate. Algunas denuncias de los testigos han sido confirmadas por militares estadounidenses. El General Nehemias Pajarito, el militar de mayor rango presente en la isla y responsable de las operaciones de noviembre, confirmó que los soldados estadounidenses estuvieron realmente donde fueron vistos –en la vecindad de la zona de combate- pero dijo que solamente fueron a reparar los daños sufridos por las cañerías de agua – en pleno auge de las operaciones bélicas. Otro coronel filipino que rehusó a dar su nombre, admitió que en realidad les pidieron a los estadounidenses "asistencia técnica" para retirar las minas. Un avión espía -que según los pobladores locales fue visto durante las operaciones - fue encontrado hace poco por un agricultor, después de haberse estrellado.


Las acusaciones son suficientemente explosivas. Dicho en forma simple, en Sulu piensan que los gobiernos de Estados Unidos y Filipinas no están diciendo la verdad cuando dicen que los soldados estadounidenses vinieron a cuidar mascotas. Pero las acusaciones aún no han provocado ninguna explosión; para el gobierno es demasiado descabellado que se sugiera que las tropas enviadas a zonas de combate efectivamente participen en los combates.


Y sin embargo, en el momento en que originalmente estaba prevista la llegada de tropas estadounidenses a Sulu en febrero de 2003, su misión no era ningún secreto. El pentágono estaba supuestamente preocupado por la posibilidad de que sus tropas sufrieran bajas -algo que no sería posible explicar a la opinión pública si simplemente estaban realizando "maniobras de guerra”. En caso de que esto sucediera, según Los Angeles Times, las contrapartes filipinas les habrían solicitado a los militares estadounidenses que le mintieran a la opinión pública. "Siempre podemos cubrirlo", les dijeron los militares filipinos, según el informe.


Finalmente, el Secretario de Defensa Donald Rumsfeld eligió hacer la siguiente declaración: “Sea lo que sea que hagamos, lo describimos en palabras que son consistentes con la forma en que hacemos las cosas. Y no es nuestra tendencia entrenar a la gente en el combate". Otro oficial del Departamento de Defensa estadounidense fue incluso más descriptivo: "Esto no es un ejercicio, esto será un esfuerzo sin límites".


Aunque las operaciones finalmente se cancelaron debido a la reacción de la opinión pública en Manila, el gobierno estadounidense nunca retiró su caracterización de las maniobras planificadas como una operación efectiva de combate. Desde ese momento, algunos sectores en Washington, incluidos los militares de mayor rango del ejército estadounidense como el entonces presidente de la Junta de Jefes del Estado Mayor, Richard Myers, y el Comandante en Jefe del Comando del Pacífico, el Almirante Thomas Fargo, han estado alentando la realización de “una misión más larga y más intensa” en el país.


A partir de entonces, el General Myers ha incluido a las Filipinas en la lista de “objetivos emergentes de la guerra preventiva” de una nueva unidad militar estadounidense autorizada a conducir operaciones clandestinas en el exterior. Seymour Hersh, el prominente periodista de investigación, escribió refiriéndose a la orden presidencial que autoriza al Pentágono a "operar en forma unilateral en una serie de países en los que existe la percepción de una clara y evidente amenaza de terrorismo –incluso aunque los gobiernos de esos países hayan estado cooperando con la ‘guerra contra el terror’”.


No está claro si las tropas estadounidenses estaban concientes de que las fuerzas que combatían sus contrapartes filipinas –mientras ellos reparaban las bombas de agua- eran miembros del MNFL. Tampoco está claro aún qué querían ganar uniéndose al combate contra ellos. Pero una cosa es incontrastable en Sulu: el despliegue de fuerzas estadounidenses no está contribuyendo a evitar que la isla quede inmersa en una guerra a gran escala. Con las recientes ofensivas militares contra el MNLF, las sucesivas matanzas de civiles en los asaltos a las ciudades que siguen sin esclarecerse, y los aviones espías, los helicópteros y los buques de guerra que vienen y van, los residentes de Sulu sienten que están reviviendo una vez más la guerra a gran escala de la década de 1970, sólo que ahora con la presencia de los marines alrededor.


Y mientras los soldados estadounidenses merodean en el territorio de Sulu, una montaña parece estar en la mente y en la voz de la mayoría de los habitantes: Bud Dahu. Exactamente igual que un siglo atrás, este mes de marzo, familias enteras en la isla empacaron todas sus pertenencias y treparon al cráter de la montaña para escapar y resistir a la dominación de los colonizadores estadounidenses en sus poblados. Una brigada militar de Estados Unidos, a la que desde entonces se recuerda como la brigada Wood, por el nombre de su comandante el general Leonard Wood, cargó contra la montaña y rodeó su borde. Apoyados por tropas "filipinas” desde el norte, los cañones fueron enfilados apuntando al fondo del cráter durante cuatro días ininterrumpidos.


Cuando se asentó la polvareda en el pico de la montaña, entre 600 y 900 Moros yacían sin vida. No se salvó nadie, “ni siquiera un bebé que pudiera llorar la muerte de su madre", escribió el novelista estadounidense Mark Twain. De acuerdo a los pobladores locales, cientos de muertos fueron abandonados y enterrados en el cráter. Los estadounidenses continuaron con las matanzas, y otros 4.000 moros murieron en circunstancias similares en otras dos montañas.


Cuando llegaron aquí la primera vez, también dijeron que habían venido solamente para ayudar.


* Herbert Docena es investigador asociado de Focus on the Global
South. Recientemente estuvo en Sulu para investigar las denuncias de que las fuerzas estadounidenses están participando efectivamente en los combates en la provincia. Su informe completo fue publicado originalmente en Asia Times Online el pasado 25 de Febrero de 2006

http://www.atimes.com/atimes/Southeast_Asia/HB25Ae04.html.)


*************************************************


Enfoque Sobre Comercio es un boletín mensual de distribución electrónica, publicado por Focus on the Global South, que proporciona noticias y análisis sobre las tendencias regionales y mundiales de la economía y el comercio, la economía política de la globalización y las luchas populares de resistencia y alternativas al capitalismo mundial. Sus contribuciones y comentarios son bienvenidos, escriba a n.bullard@focusweb.org y comerc@redes.org.uy


Enfoque Sobre Comercio es editado por Nicola Bullard (n.bullard@focusweb.org) .

Traducción: Alicia Porrini y Alberto Villarreal (comercioredes@gmail.com) para

REDES-Amigos de la Tierra Uruguay (www.redes.org.uy)

Para suscribirse gratuitamente escriba a prensa@redes.org.uy especificando “suscripción Enfoque sobre Comercio” en el encabezamiento, o descárguelo en www.redes.org.uy

Para recibir la edición original en inglés o la traducción en bahasa indonesio, por favor escriba a n.bullard@focusweb.org


Focus on the Global South es un programa autónomo de investigación y acción sobre políticas, asociado al Instituto de Investigación Social (CUSRI) de la Universidad de Chulalongkorn, con sede en Bangkok, Tailandia. Para ponerse en contacto con nosotros, por favor diríjase a:


Focus on the Global South (FOCUS)

c/o CUSRI, Universidad de Chulalongkorn

Bangkok 10330 TAILANDIA

Tel: 662 218 7363/7364/7365

Fax: 662 255 9976

Correo Electrónico: n.bullard@focusweb.org

Sitio en Internet: http://www.focusweb.org